Demoscopias y votos avergonzados

8. noviembre 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Hace casi cinco meses decíamos en este mismo espacio que las empresas demoscópicas eran las grandes perdedoras de las elecciones generales del 26-J, puesto que tanto los sondeos preelectorales como la macroencuesta a pie de urna que se realizó durante la jornada electoral “pronosticaban un resultado muy diferente al que finalmente sucedió”.

También decíamos que “los votantes del PP se avergüenzan de su voto ante los encuestadores”. Pues bien, el Barómetro de Opinión publicado ayer por el CIS nos ha permitido poner cifras a esta afirmación. Y es que cuando alguien acude un día a las urnas, y cuatro meses después le preguntan qué fue lo que votó aquel día, es posible cuantificar la anomalía sociológica que distorsiona las encuestas.

Y aquí el PP gana por goleada, seguido a mucha distancia por Ciudadanos, y un poco más lejos, por el PSOE. El PP obtuvo en las urnas un 33,0% de los votos en junio, pero en octubre, sólo el 23,3% de las personas encuestadas reconocen haberle votado. Una diferencia de 9,7 puntos porcentuales que revela el grado de vergüenza que produce votar al PP en casi el 30% de su electorado.

El otro partido estatal de derechas, Ciudadanos, también tiene un importante porcentaje de voto oculto, concretamente, 2,9 puntos entre el 13,0% de voto que obtuvo el 26-J, y el 10,1% de personas que, cuatro meses después, reconocen haberle votado.

El resto de las candidaturas (a excepción del PSOE, con una anomalía de 1,4 puntos), se colocan por debajo del punto porcentual de distorsión, destacando los casos de los dos principales partidos independentistas, ERC y EH-Bildu, cuyos votantes se enorgullecen tanto de lo que votan, que hasta registran pequeñas diferencias positivas de una y dos décimas, respectivamente.

Pero volviendo al caso del partido en el gobierno, sería muy útil conocer en qué estratos sociales se ubican esos casi diez puntos porcentuales de voto oculto, magnitud equivalente a unos 2,3 millones de votos. Todo parece indicar que ningún alto empresario, gran inversor, distinguido fabricante de sobres o ilustre banquero a quien se le pregunte, tendría motivo alguno para avergonzarse de ser votante del Partido Popular.

Por ello, sería razonable pensar que buena parte del voto oculto al PP procede de las víctimas de las políticas económicas neoliberales (trabajadores, pequeños empresarios, parados, precarios y pensionistas, fundamentalmente), que en una especie de gran síndrome de Estocolmo, llegan a “pensar” que sin la acción de sus torturadores, las cosas les podrían ir todavía peor. Es el resultado de casi tres décadas de telebasura, de embrutecimiento cultural por ignorancia programada, y de vacío ideológico de la izquierda política, social y sindical.

 

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