Derrota en Afganistán

29. diciembre 2014 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Los fundamentalistas islámicos tardaron tres años en derribar al gobierno afgano tras la retirada de las tropas soviéticas en 1989. La posterior guerra civil entre las distintas facciones de muyahidines (grupos armados y adiestrados por las potencias occidentales), concluyó con la victoria de los talibanes en 1996.

Terminada la primera fase del negocio militar, comenzaba la segunda. Las numerosas atrocidades cometidas por el gobierno talibán, su apoyo logístico a determinadas organizaciones terroristas, y la chispa de unos todavía no suficientemente aclarados acontecimientos del 11-S, no sólo dieron lugar a una invasión ilegal contra un país soberano, sino también a una nueva y unilateral interpretación del Derecho Internacional público por parte de los Estados Unidos, que daba al traste con el status quo vigente desde la conclusión de la segunda guerra mundial.

La excusa oficial para malgastar miles de millones de dólares y de euros públicos en una guerra que se ha cobrado decenas de miles de vidas entre los civiles (más de 3.000 muertos sólo en lo que va de 2014) y casi 3.500 entre los soldados aliados (incluido un centenar de españoles), era dotar a Afganistán de un futuro moderno, próspero, democrático y vinculado a los Derechos Humanos.

Sin embargo, cuando quedan menos de tres días para que concluya la misión de combate de la OTAN en Afganistán, la realidad dibuja un país semidestruido, inestable, inseguro, dividido, violento, constitucionalmente islámico y culturalmente alejado de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Durante más de trece años, los Estados Unidos y sus aliados han convertido Afganistán en un gigantesco campo de maniobras con fuego real, haciendo las delicias de los fabricantes de armas y de los propietarios de las nuevas empresas de mercenarios, eufemísticamente llamados contratistas privados de seguridad”.

Sin embargo, al éxito económico y al desastre humanitario de esta operación, hay que unir ahora la derrota política de todos aquellos invasores que en su momento transgredieron la legislación internacional para alcanzar unos objetivos políticos y militares que no se han logrado. La fascinación y/o la sumisión de una población afgana mayoritariamente inculta ante el fenómeno del yihadismo, hacen que la única incógnita que queda por desvelar tras la retirada de los aliados, sea la cantidad de tiempo que necesitarán los talibanes para retomar el control del país. En Occidente, lógicamente, nadie asumirá responsabilidades políticas, ni mucho menos, penales.

 

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