Desigualdad e injusticia

19. enero 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Hasta ahora sabíamos que el modo de producción capitalista llevaba el germen de la desigualdad en su código genético. Las condiciones de miseria extrema en la que los propietarios de los medios de producción hicieron vivir a sus trabajadores durante todo el siglo XIX y buena parte del XX, son buena prueba de ello.

Sabíamos también que el capitalismo optó por reformarse a mediados del siglo pasado, a causa de varios factores como las luchas del movimiento obrero, o el surgimiento de teorías económicas que otorgaban al Estado un papel redistribuidor de la riqueza a través de las legislaciones fiscales y laborales.

Ahora sabemos que esa actitud reformista del capitalismo fue tan sincera como la de Fernando VII cuando en 1820 dijo aquello de marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”. Caído el Muro de Berlín, el capitalismo occidental se liberó de la servidumbre redistributiva que atribuía a sus trabajadores un nivel de vida superior al de sus homólogos del Este. Primero llegaron las desregulaciones masivas y la fiebre de las privatizaciones; luego, la globalización productiva y financiera; más tarde, la ingeniería fiscal y los paraísos libres de impuestos; y ahora, llegan las consecuencias.

Según el último informe elaborado por Oxfam, las 62 personas más ricas del mundo poseen en este momento el mismo patrimonio que las 3.600.000.000 millones más pobres. Un sistema económico que reparte la riqueza de tal manera que las 62 personas que caben en un autobús reciben lo mismo que lo que debe repartirse la mitad más pobre de la Humanidad, no es un sistema justo ni recomendable.

Lo más curioso es que estas 62 personas eran 80 en el 2014, 92 en 2013, 159 en 2012, 177 en 2011 y 388 en 2010. En el capitalismo, la riqueza va aumentando y concentrándose en cada vez menos manos, tal como predijo Karl Marx hace siglo y medio. De hecho, el informe de Oxfam constata que el patrimonio de las 62 personas más ricas del mundo ha aumentado un 44% durante los últimos cinco años, mientras que el de las 3.600.000.000 personas más pobres ha disminuido un 41%.

Esta desigualdad creciente, no es obra de ninguna influencia divina, sino de la promulgación de leyes que la fomentan en la mayoría de los países. En otros, como los que acogen la semiesclavitud laboral propiciada por las deslocalizaciones industriales, ni siquiera hay normas que regulen la fiscalidad o el mercado de trabajo.

Ante esta situación, sólo caben dos actitudes: apoyar con el silencio (o incluso con disparatadas soflamas neoliberales) a quienes roban legalmente la mayor parte de los beneficios generados por la actividad económica; o impedir el latrocinio de aquéllos mediante la voz, el voto, y el espíritu crítico necesario para construir un nuevo modelo económico justo. En otras palabras, a principios del siglo XXI el ser humano debe elegir entre seguir siendo un primate inmaduro, egoísta y adicto a los monopolys en tres dimensiones, o convertirse en un ser responsable consigo mismo, con sus congéneres y con el medio ambiente que nos rodea.

 

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