¿Dialogar sobre qué? ¿Negociar qué?

4. noviembre 2015 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Si el sentido común hubiera querido que las leyes y la política fueran la misma cosa, los grados universitarios de Derecho y de Ciencias Políticas estarían fundidos en uno solo. Si la putrefacción neoliberal quisiera que los gobernantes tuvieran una talla política tan ínfima que sólo fueran capaces de responder a los grandes desafíos sociales con la ley existente, nos encontraríamos exactamente en la situación en la que nos encontramos ahora.

Es evidente que la Constitución Española de 1978 no permite la independencia de Cataluña, como tampoco permite que las personas en paro carezcan de las prestaciones sociales suficientes para garantizar su supervivencia (art. 41), ni que exista una brecha salarial entre hombres y mujeres (art. 35).

La aplicación sesgada de la Constitución por parte de los gobiernos socialistas y populares de este país, es una de las razones del descrédito que hoy sufre nuestra Carta Magna. Pero no es la única. Cuando la mayoría de un parlamento autonómico democráticamente elegido está dispuesta a desobedecer las leyes estatales para construir un proceso independentista, algo más ha fallado durante las últimas décadas.

Recogemos ahora los frutos de un sistema electoral injusto que ha venido colocando la gobernabilidad de España en manos de las derechas nacionalistas vasca y catalana. Recogemos ahora los frutos de una inmersión lingüística diseñada para despreciar a una de las dos lenguas cooficiales de Cataluña. Recogemos ahora los frutos de unas transferencias educativas en las que cada comunidad autónoma ha tenido la oportunidad de construir la historia a su medida.

Ante semejante cosecha, los hay que se limitan a argumentar que la independencia de Cataluña es ilegal, frente a quienes ya han suscrito un documento de desobediencia civil respecto a las leyes españolas. Los hay que, ignorando la naturaleza social del proceso que se está dando en Cataluña, plantean medidas coercitivas severas para sofocar lo que consideran “una sublevación”. Y los hay también que, con el único propósito de mantener una posición política equidistante respecto a las de Rajoy y Mas, plantean el diálogo y la negociación como vía de solución para el conflicto.

Estos últimos quizá no han tenido en cuenta la ausencia de margen para la negociación, ya que Cataluña es una de las demarcaciones subestatales con mayor nivel de autogobierno del mundo. La carta del concierto económico con el Estado no debería estar ya en la baraja, pues supondría el colapso fiscal de nuestra Constitución, además de ser un elemento poco atractivo para quienes no sólo ambicionan una Hacienda propia, sino también un sistema judicial propio, un ejército propio, una presencia internacional propia, una Jefatura de Estado propia, etcétera.

Así las cosas, lo único que cabe reclamar es que, sea cual sea el final de este proceso, la moderación y la cordura se impongan a la demagogia y al sectarismo en ambas orillas del Noguera-Ribagorzana.

 

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