Diez años del fallido Protocolo de Kioto

16. febrero 2015 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Hoy se cumplen diez años de la entrada en vigor del Protocolo de Kioto, el primer acuerdo internacional vinculante que trataba de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), con el propósito de detener el calentamiento global provocado por la actividad del ser humano.

Este periodo, y el que le precedió desde la aprobación de este acuerdo multilateral en 1997 hasta su entrada en vigor en 2005, supone un clamoroso fracaso de la comunidad internacional a la hora de abordar una problemática que afecta a la supervivencia de la vida en la Tierra.

Por un lado, no se ha alcanzado el objetivo de reducir las emisiones de GEI a la atmósfera, al menos en un 5% respecto a los valores de 1990. De hecho, según los datos del Banco Mundial, las emisiones globales de dióxido de carbono (gas que constituye el 85% del volumen total de los GEI) han pasado del 123,4 gigatoneladas en 1990, a 213,2 en 2010.

Por otro lado, los esfuerzos de los países se han dirigido más hacia la compra de derechos de emisión de las naciones del Tercer Mundo, que hacia la inversión para modernizar las unidades productivas y para promocionar las energías renovables. Esta estrategia, además de lastrar las posibilidades de desarrollo futuro de muchos Estados, supone una adulteración del verdadero propósito del acuerdo.

Diez años después de la entrada en vigor del Protocolo de Kioto (y dos después de su prórroga hasta 2020 acordada in extremis durante la Cumbre del Clima de Doha de 2012), podemos concluir que la sinrazón económica se ha seguido imponiendo a la razón ecológica, y ello, a pesar de que el texto de este acuerdo internacional era de obligado cumplimiento para los Estados-miembro. Quizá es que su articulado (como diría el ministro García Margallo respecto a la Constitución Española) siempre fue considerado como simple “literatura” por parte de los firmantes.

Lo único cierto desde el punto de vista científico es que para evitar que la Tierra se caliente dos grados centígrados a finales del siglo en el que estamos (algo que acarrearía numerosos desastres naturales en todo el globo), sería necesario que antes de 2050 las emisiones de GEI se redujeran en un 50%. Por ello, si el actual modelo económico no es capaz de cambiar algunos de sus parámetros para garantizar el equilibrio ecológico del planeta, quizá lo que habría que cambiar es el propio modelo económico.

 

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