Dos presidentes sobrevalorados

11. enero 2017 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Barack Obama se despidió anoche del pueblo norteamericano con un emotivo discurso que recorrió el antes, el durante y el después de su Presidencia. Obama habló de los orígenes de su vocación política, con el activismo social y vecinal en Chicago como elemento catalizador. Y habló del apoyo de su mujer en su trayectoria, y de todas esas cosas que se mencionan cuando alguien se autohomenajea.

Y también se enorgulleció de la disminución de presos en Guantánamo, del amparo sanitario a los más pobres, de la distensión con Cuba e Irán, de la recuperación económica y del asesinato de Bin Laden. Olvidó, sin embargo, mencionar su política de hostigamiento hacia el gobierno sirio, la ambigüedad de la Casa Blanca respecto a los grupos terroristas contrarios a Al Asad, o la participación de EEUU en el derrocamiento de Gadafi y en la posterior conversión de Libia en el nuevo paraíso de los yihadistas.

Pero la parte más interesante del discurso de Obama fue aquella en la que reprochó a Trump sus ideas xenófobas. Para ello, el primer presidente mulato de los EEUU recurrió a un argumento escalofriante: “si no estamos dispuestos a invertir en los hijos de los inmigrantes por el mero hecho de que no se parecen a nosotros, estamos reduciendo las expectativas de nuestros hijos, porque esos niños morenos representarán una parte cada vez mayor de la mano de obra de Estados Unidos”.

Así pues, la cúpula política de los Estados Unidos se divide a fecha de hoy en dos grupos. Por una parte, están los que quieren expulsar del país a los inmigrantes, y por otra, los que pretenden acogerlos como mano de obra “morena” y barata al servicio de los “hijos” de las élites. No se sabe quién representa a quienes defienden la plena igualdad de derechos entre las personas.

En su canto del cisne, Obama también mencionó los peligros que la Presidencia de Donald Trump van a representar para la democracia misma. Pero en su presidencial análisis faltaba un detalle: a la democracia no la está asesinando un multimillonario neoyorquino, sino millones de multimillonarios de todo el mundo, que han conseguido pervertir el poder político para colocarlo al servicio de sus intereses empresariales. “Mercado” lo llaman, aunque también tiene otros nombres como “capitalismo”, “liberalismo” o “tiranía”.

No obstante, el mejor alegato antiTrump que se ha escuchado durante los últimos días, no corrió a cargo de ningún político, sino de una maestra de las artes escénicas. En su discurso durante la entrega de los Globos de Oro, Meryl Streep habló este domingo del enriquecimiento mutuo que se produce cuando conviven en paz personas nacidas en diferentes lugares del planeta. Y retrató con elegante contundencia la personalidad zafia y grosera de Trump. Y pidió que los periodistas con principios sigan denunciando los excesos del poder, en un clima cada vez menos proclive a que puedan realizar su trabajo en libertad.

La respuesta zafia y grosera que cabía esperar de Trump, no tardó en llegar. A través de un mensaje de Twitter, el presidente electo dijo lo siguiente: “Meryl Streep, una de las actrices más sobrevaloradas de Hollywood, no me conoce, pero me atacó anoche en los Globos de Oro”.

Posiblemente, la escasa inteligencia de Trump le impide responder a las críticas recibidas en un espacio mayor de 140 caracteres; pero incluso en un texto tan corto, es capaz de equivocarse. La “sobrevalorada” no es Meryl Streep, sino el propio Trump, que ha alcanzado la Presidencia de los Estados Unidos después de cosechar 2,5 millones de votos menos que su contrincante, y gracias a un sistema electoral tan arcaico como injusto. Si eso no es estar objetivamente “sobrevalorado”, ignoramos qué pueda serlo.

En cualquier caso, se avecina una época oscura para la democracia y para los Derechos Humanos, gracias a todos esos gobernantes “sobrevalorados” que han entregado el control económico de las democracias a entidades empresariales que sólo entienden la voluntad del pueblo como un obstáculo que sortear.

 

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