El año en que las luces seguían apagadas

22. septiembre 2015 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Las declaraciones de Fernando Trueba al recibir el Premio Nacional de Cinematografía han suscitado una furibunda reacción por parte de la caverna mediática y política de este país. En un momento en que la integridad territorial de España se siente amenazada por unas urnas autonómicas, a algunos no les ha sentado bien que el genial director de cine dijera “nunca me he sentido español, ni cinco minutos”.

Poco importaba que el sentido general del discurso de Trueba tuviera que ver con el cosmopolitismo cultural del que este país ha adolecido a lo largo de los siglos, y de la necesidad de ir más allá de las fronteras para comprender la inmensidad de lo creado hasta ahora por el ser humano. Poco importaba el hecho de que, si algunos seres humanos no hubieran optado por trascender con su pensamiento el marco de lo real, nuestra especie viviría todavía colgada de los árboles.

En un país por donde han pasado de largo las principales revoluciones que sí transformaron los países de nuestro entorno (principalmente, la revolución burguesa, la ilustrada y la democrática), la sacralización de la nacionalidad es moneda habitual en los cenáculos de la caspa patria. Los mismos que defienden la globalización económica, tratan de imponer un hiperlocalismo nacional, cultural y casi étnico, que conduce a una versión unilateral de España, muy distinta –por cierto– de la que defendieron ilustrados como Goya o Jovellanos, regeneracionistas como Costa o Mallada, y literatos como Pardo Bazán, Machado, Cernuda, Lorca o Gil de Biedma.

Afortunadamente, Trueba se declaró desertor de ese concepto de patria, y pidió para los creadores artísticos “libertad y protección, lo que cualquier ciudadano pide al Estado”. Un mensaje similar al que hace más de un siglo lanzó Joaquín Costa, cuando reclamaba “escuela, despensa y doble llave al sepulcro del Cid”. La reacción de quienes consideran a la patria como a una diosa a la que adorar, ha sido similar en ambos casos. Es la prueba de que en el año 2015, como en 1902, las luces de España siguen apagadas.

 

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