El clamor de un pueblo

14. septiembre 2015 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Puede que no sea una buena idea levantar fronteras donde no las hay. Puede que la mayoría de los problemas que afectan a la calidad de vida de la población española no se solucionen, ni siquiera parcialmente, mediante un proceso de disgregación territorial. Incluso puede que algunos de los que hoy alimentan la idea de una Cataluña independiente, sólo pretendan lanzar una cortina de humo para ocultar sus latrocinios de ayer.

Pero lo que resulta innegable es que una parte muy importante del pueblo catalán salió este viernes a la calle, sin más arma que su sonrisa, para reivindicar un nuevo marco institucional en el que desarrollar su vida. Cuando en un territorio habitado por 7,5 millones de personas, una de cada cinco participa en una manifestación pacífica a favor de la independencia, resulta imposible minimizar política o mediáticamente el clamor de un pueblo.

Las elecciones autonómicas catalanas que se celebrarán en menos de dos semanas deben ser abordadas por todas las fuerzas políticas como una fiesta de la democracia, incluso si el escrutinio llegara a reflejar una clara mayoría partidaria de ir más allá del marco legal e institucional del Estado español.

Sería grotescamente irónico que los representantes de los dos grandes partidos estatales se rasgaran las vestiduras ante un hipotético triunfo independentista, después de que los gobiernos del PSOE y del PP hayan estado mirando hacia otro lado durante treinta años mientras sus socios nacionalistas en el Congreso de los Diputados construían dos naciones en sus territorios a cambio de garantizar la gobernabilidad del Estado.

Después de lo que acaba de suceder en Grecia, sabemos que la ideología neoliberal es contraria a respetar las decisiones democráticas expresadas en las urnas, cuando éstas son opuestas a las directrices del dios Mercado. Y sabemos también que el dios Mercado no ha reaccionado con la misma visceralidad ante la candidatura de Junts pel Sí en Cataluña, que ante la de Syriza en las elecciones griegas del pasado mes de enero.

Por ello, todos los demócratas de España deben comprometerse a que, ocurra lo que ocurra el 27-S, el 28-S estará presidido por el respeto hacia la voluntad democrática del pueblo catalán, y por la voluntad de entendimiento para garantizarla de la mejor manera para el conjunto de la ciudadanía.

Los neoliberales optarán, a buen seguro, por la vía de la imposición. De hecho, el ministro español de Defensa ya apuntaba la semana pasada que la decisión democrática de los catalanes podría acabar bajo las cadenas de los tanques españoles. Esperemos que se trate de una actitud aislada en el seno del Consejo de Ministros, teniendo en cuenta que una hipotética declaración unilateral de independencia por parte de la Generalitat es tan inconstitucional como que en España haya un solo parado sin subsidio (*).

Al fin y al cabo, la revuelta húngara de 1956 y la primavera de Praga del 68 también iban más allá del marco institucional vigente en aquellos países en el momento en el que se produjeron. En la España de 2015, la solución no debería ser la misma que los opresores estalinistas ofrecieron entonces. No olvidemos que eso que antes se llamaba “el mundo libre” está mirando a España para calibrar su grado de respeto hacia las decisiones tomadas en las urnas.

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(*) Art. 41 de la Constitución Española: “Los poderes públicos mantendrán un régimen público de Seguridad Social para TODOS los ciudadanos que garantice la asistencia y prestaciones sociales SUFICIENTES ante situaciones de necesidad, especialmente en caso de DESEMPLEO”

 

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