El fin de la pesadilla iraquí

16. diciembre 2011 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

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Con la ceremonia solemne de arriado de la bandera, los Estados Unidos ponían fin ayer a su participación en la guerra de Iraq. Casi nueve años después de la invasión ilegal de este país, la guerra deja tras de sí alrededor de 125.000 muertos (100.000 civiles iraquíes, 5.000 soldados aliados y 20.000 soldados iraquíes), un país destrozado y una violación flagrante del Derecho Internacional, patrocinada desde las Azores por cuatro mandatarios como George Bush II, Tony Blair, Jose María Aznar y Jose Manuel Durao Barroso que ya deberían haberse sentado en el banquillo de los acusados.

 

Sin embargo, donde se sienta el último de ellos –quizá como premio a su contribución– es en la presidencia de la Comisión Europea, máximo órgano ejecutivo de la Unión Europea.

 

También queda atrás un billón de dólares (unos 750.000 millones de euros), que, por arte de birlibirloque, ha salido de las arcas públicas norteamericanas  para entrar en los bolsillos de fabricantes de armas, contratistas y propietarios de los ejércitos privados que han hecho el trabajo sucio en Iraq con una impunidad que insulta al más elemental sentido de la justicia.

 

Barack Obama, el libertador de la nada, no ha tenido más remedio que acogerse al mensaje que su antecesor George Bush II y algunos de sus amigos tuercebotas como nuestro José María Aznar (aquel que engañó a todo un pueblo afirmando en televisión que “el régimen iraquí tiene armas de destrucción masiva; pueden estar seguras todas las personas que nos ven, que les estoy diciendo la verdad”) han venido reiterando en el sentido de que Iraq es hoy un país mejor que antes de la caída de Sadam Hussein.

 

Un juicio de valor que no encuentra hechos reales en los que sustentarse, ya que los Estados Unidos y sus aliados no sólo han derribado a un tirano, sino que han destruido por completo un Estado, con todos los dramáticos inconvenientes que eso conlleva para la población civil, en forma de colapso de servicios públicos elementales.

 

Hoy en Iraq sigue sin haber democracia (por mucho que hayan sido elegidos unos gobernantes en unas elecciones más que dudosas), pero a cambio la sociedad iraquí ha retrocedido muchas décadas en cuanto a su calidad de vida. Las tensiones étnicas descontroladas y los actos de terrorismo (desconocidos durante el gobierno de Sadam Hussein) forman parte también del paisaje que dejan en Iraq unas potencias occidentales que hace nueve años invadieron un país con mentiras, y que ahora lo abandonan con olor a derrota.

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