El horror norcoreano

18. febrero 2014 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

El último y devastador informe de Naciones Unidas sobre Corea del Norte, presentado ayer en Ginebra, no ha hecho sino confirmar todas las sospechas de la comunidad internacional acerca de la dictadura más ignominiosa del planeta. El reino del terror de la dinastía de los Kim esconde múltiples episodios de asesinatos, secuestros, torturas, exterminios y hambrunas deliberadas, que conforman una realidad diametralmente opuesta a la ideología que estos criminales dicen defender desde la fundación de la República Popular Democrática de Corea, en 1948.

El carácter hereditario de la jefatura del Estado en el seno de una familia de asesinos sociópatas, la condición absolutista del gobierno y el modelo socioeconómico feudal, convierten a Corea del Norte en un reino del terror que no debería tener cabida en el mundo actual.

El imperante pensamiento juche, como interpretación nacional norcoreana de la ideología comunista, lleva al extremo la idea del sujeto colectivo, lo que anula cualquier clase de individualidad, salvo –claro está– la que atribuye privilegios a los miembros de la casta política dominante. Además, algunas de sus características como la obsesión por la autarquía, el militarismo, el profundo clasismo en función de la fidelidad política, el ultranacionalismo, el culto a la tradición o el mesianismo hacia la figura de Kim Il–sung (llamado “presidente eterno”, y cuyo año de nacimiento sirve –por ejemplo– como origen para el nuevo calendario vigente en Corea del Norte), hacen que el sistema político vigente en el país no desentone demasiado con algunas propuestas de signo ultraderechista que se han llevado a la práctica en el continente europeo.

En cualquier caso, el informe de Naciones Unidas da una voz de alarma que nos lleva a reflexionar hacia las causas que hacen posible que la actual Corea del Norte siga existiendo en este momento. Un país que ignora la Declaración Universal de los Derechos Humanos no debe tener cabida en la comunidad internacional; un gobierno que asesina, tortura, viola, extermina y subyuga a su pueblo no tendría que existir, ni siquiera como foco latente de tensión geopolítica en beneficio de determinados intereses ocultos.

La comunidad internacional, empezando por los gobiernos más cercanos a la dictadura de Kim Jong–un, debe hacer todo lo que esté en su mano para liberar al pueblo norcoreano de las cadenas que lo esclavizan. Cualquier inacción es sinónimo de complicidad con el sanguinario asesino que ocupa la jefatura del Estado en la República no Popular ni Democrática de Corea.

 

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