El Libro Blanco de Monti

23. octubre 2012 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Entre 60.000 y 100.000 millones es lo que la corrupción le cuesta cada año al Estado de Italia. Esa es una de las conclusiones del Libro Blanco que el Gobierno de Mario Monti ha encargado para evaluar el alcance de este fenómeno que ha convertido a Italia en el cuarto país más corrupto de la Unión Europea.

No deja de ser llamativo que esta medida haya sido acordada por un banquero metido a gobernante (y por lo tanto, ajeno a la clase política italiana), y que las razones esgrimidas por el propio Monti tengan más que ver con la economía que con la justicia. Según el primer ministro italiano, la corrupción “mina la confianza de los mercados, desalienta la inversión extranjera y genera una pérdida de competitividad en el país”.

Parece que el primer ministro no le da tanta importancia al hecho de que el dinero de los contribuyentes vaya a parar a los bolsillos de una pandilla de ociosos que multiplican sus beneficios sin añadir ningún valor a la economía italiana. Al fin y al cabo, Monti viene del mundo de la banca.

Lo que está claro es que si los países del sur de Europa persiguieran en serio algunos delitos como el cohecho, la prevaricación, la evasión fiscal o el blanqueo de capitales, no sólo tendrían resuelto el problema del déficit sino que incluso cabría la posibilidad de que sus cuentas públicas arrojasen superávit.

Para poner freno al desenfreno, Mario Monti ha anunciado la promulgación de una Ley Anticorrupción que, a buen seguro, servirá para dar un pequeño tirón de orejas a los delincuentes de guante blanco, y sobre todo, para ofrecer una falsa imagen de limpieza a nuevos inversores internacionales. Nuevos inversores que posiblemente, antes de recalar en Italia tratarán de corromper a determinados estamentos políticos con el fin de lograr una posición de ventaja o simplemente para conseguir la adjudicación de algunas obras y contratos públicos.

No conviene olvidar la filosofía del “gatopardismo” perfectamente plasmada a mediados de los cincuenta por Giuseppe Tomasi di Lampedusa en su novela “El gatopardo”: hay que cambiarlo todo para que nada cambie.

 

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