El poder de la ignorancia

22. abril 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

A principios del siglo XXI, Zaragoza era una ciudad que todavía no había cerrado sus dos cinturones de circunvalación. Era una ciudad donde la expresión “corredor verde” sonaba a atleta concienciado con el medio ambiente. Era una ciudad sin carriles bici. Era una ciudad donde las riberas del Ebro formaban un vertedero lineal intransitable, y en la que una larga cicatriz ferroviaria separaba los distritos de Delicias, La Almozara y Centro.

A principios del siglo XXI, el meandro de Ranillas no era el lugar de esparcimiento público que ahora conocemos, sino que conformaba una zona agrícola privada cuyas deficiencias hidrológicas ponían en riesgo a la ciudad ante las mayores avenidas del Ebro.

A principios del siglo XXI, Zaragoza tenía muchas inversiones públicas pendientes, y casi ninguna posibilidad de convencer a los gobiernos central y autonómico para que las desembolsaran.

Entonces, a algunas personas se les ocurrió la idea de proponer a Zaragoza como candidata a organizar la Exposición Internacional de 2008, con el fin de que ese evento vehiculase la llegada inmediata de las inversiones pendientes. Tras la dura batalla por la designación (que contó con el apoyo, entre otros, de PP, PSOE, PAR, CHA, IU, UGT, CCOO, FABZ y CREA), una vez celebrado el mayor acontecimiento pacífico de la historia de Zaragoza, los números no dejaron lugar a dudas: unos 750 millones de euros para la construcción y desarrollo de la Expo (cantidad similar al coste de 48 kilómetros de vía AVE entre Madrid y Barcelona), y alrededor de 1.600 millones como inversión pública en un Plan de Acompañamiento que incluía las principales necesidades pendientes de la ciudad.

Conviene aclarar que el 85% del dinero invertido en la construcción y desarrollo de la Expo llegó desde fuera de Zaragoza, ya que fue abonado por la Administración General del Estado (70%) y por el Gobierno de Aragón (15%), correspondiendo sólo el 15% restante al Ayuntamiento de Zaragoza. En cuanto al Plan de Acompañamiento, cabe señalar que por cada euro invertido por el Consistorio en obras de mejora de la ciudad, llegaron 5,50 euros desde otras administraciones.

De este modo, los habitantes de Zaragoza pudimos ver el cierre de la Z-30 con el puente del Tercer Milenio, y de la Z-40 con el puente sobre el Ebro al este de la ciudad; la limpieza y adecuación de riberas en los tres ríos de la ciudad y en el Canal Imperial; la modernización del aeropuerto; la construcción de la primera línea de cercanías (Casetas-Miraflores); la conversión de la mayor parte del meandro de Ranillas en el Parque del Agua “Luis Buñuel”, con sus correspondientes motas de defensa anticrecidas; la inauguración de la primera Estación de Autobuses interurbanos de la historia de la ciudad; el cubrimiento de la vía férrea entre la Estación de Delicias y el túnel de Goya; la construcción del corredor verde y de decenas de kilómetros de carriles bici; la comunicación peatonal entre La Almozara y el Actur a través de la Pasarela del Voluntariado; la ampliación de carriles en la ronda norte de la Z-40; la navegación fluvial recreativa por el Ebro; la construcción de un Palacio de Congresos (algo que parecía razonable en la quinta ciudad española); y hasta 70 actuaciones urbanísticas más en diversos puntos de Zaragoza.

Inversiones que convirtieron a la capital aragonesa en una ciudad más humana y habitable. Inversiones que, sin la Expo, hubieran llegado por cuentagotas a lo largo de las próximas décadas, en caso de llegar.

Sin embargo, el poder de la ignorancia es alargado. Buena parte de la población zaragozana se niega a reconocer la mejoría que experimentó su ciudad al hilo de la Expo de 2008. Incluso algún gobernante como el actual consejero municipal de Servicios Públicos, Alberto Cubero (ZeC) se atreve a afirmar ante los microfonos de 15TV que “el Ayuntamiento de Zaragoza derrochó cientos de millones de euros en una Exposición Internacional en una época de especulación urbanística, y se construyeron una serie de edificios para un uso de tres meses sin prever cuál sería el uso posterior de esos cientos de millones de euros. Y hoy nos encontramos con que tenemos una torre de 80 metros hueca, y un Pabellón que conecta dos zonas de la ciudad donde prácticamente no reside nadie”.

Lo más curioso es que este edil supuestamente ultraizquierdista no culpó a Ibercaja del abandono al que se ve sometido el Pabellón Puente, ya que es la entidad que tiene encomendada su gestión. Y tampoco culpó a la extinta CAI por su estrepitoso fracaso como entidad gestora de la Torre del Agua entre los años 2009 y 2013. Por desconocer, Cubero desconoce también que en el proyecto original de la Expo, fechado en 2004, ya se incluían los usos posteriores de todos los edificios dependientes de la organización (es decir, todos menos los pabellones de España y de Aragón), y que la crisis económica global desatada al día siguiente de clausura de la muestra, con la quiebra de Lehman Brothers, fue la causa de que se truncaran muchos de esos proyectos.

Pero lo más decepcionante es que, con sus declaraciones, Alberto Cubero incurre en la misma ignorancia que exhibían en 1890 los miles de parisinos que exigían la demolición de la Torre Eiffel por considerar que era un edificio hueco, inútil y carente de sentido tras la celebración de la Exposición Universal del año anterior. En este sentido, resulta desolador que entre una ignorancia y otra hayan transcurrido más de 125 años, en los que algunos han optado por no aprender nada.

Es el poder de la ignorancia, o peor aún, es cuando la ignorancia llega al poder.

 

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