El policía y la piedra

25. marzo 2014 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Para mayor gloria del régimen de Rajoy, la imagen que trascendió en España tras la multitudinaria movilización de las Marchas de la Dignidad en Madrid no fue la de más de un millón de personas abarrotando pacíficamente las calles del centro de la capital, sino la de unas decenas de energúmenos golpeando la cabeza de un agente antidisturbios hasta hacer que le saltara el casco, para luego arrojarle a la cabeza una piedra de grandes dimensiones.

Estos hechos absolutamente condenables desde cualquier punto de vista, sean quienes fueren sus responsables y obedecieran las órdenes que obedecieren, disiparon en el interior de nuestras fronteras el mensaje reivindicativo de aquellos cientos de miles de personas que se desplazaron desde sus casas hasta el centro de Madrid para pedir pan, trabajo, techo y dignidad. Otra cosa es la prensa extranjera.

Hechos tan condenables como las mutilaciones, lesiones y vejaciones que han sufrido en el pasado reciente muchos manifestantes pacíficos por obra y gracia de las pelotas de goma, las porras y otros materiales utilizados por las unidades antidisturbios.

En cualquier caso, mientras policías y manifestantes se enfrentan entre sí, provocadores mediante (que unas veces “¡son compañeros, coño!” y otras no), pasan desapercibidos los violentos que cada viernes se encaraman al BOE para lanzar petardos, adoquines y bolas de acero contra las economías familiares de los trabajadores, los funcionarios policiales, los pensionistas, los dependientes y los parados.

Los sindicatos policiales se han plantado al considerar que “nunca los miembros de la UIP se han sentido tan desamparados por los responsables policiales y políticos” como en los desórdenes del sábado en Madrid (SUP dixit), mientras el todavía ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, se limitaba a huir hacia delante condenando los hechos y exigiendo a todas las fuerzas políticas y sindicales que hagan lo mismo. Ni una palabra de la errónea estrategia policial dispuesta el sábado en Madrid.

A pesar del silencio del ministro, la respuesta institucional debe ir mucho más allá ¿Alguien se ha parado a pensar qué consecuencias tendría la hipotética muerte de un agente antidisturbios a manos de la ínfima minoría de violentos que actúa en las manifestaciones pacíficas ajenas? Seguramente, entre estas consecuencias estarían el recrudecimiento de la represión policial contra culpables e inocentes, la deriva ideológica de los agentes hacia posiciones de ultraderecha, la culpabilización de los movimientos sociales, el desprestigio de éstos ante el conjunto de la sociedad… Consecuencias todas ellas muy favorables para la buena marcha de la contrarreforma neoliberal que está sufriendo nuestro país. El que tenga oídos, que oiga (Mateo 13, 9, señor Fernández Díaz).

 

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