El PP y la manipulación histórica

15. abril 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Hace algunos días, cuando Jordi Évole preguntó a Mariano Rajoy si veía razonable que en 2016 miles de españoles sigan sin saber dónde están enterrados sus abuelos, el presidente del Gobierno en funciones respondió que no tenía claro que eso fuera cierto. En ese momento, Rajoy mostró el cordón umbilical que sigue conectando a su partido con el régimen franquista del que procede, Manuel Fraga mediante.

Tras la muerte del dictador, el Partido Popular ha tenido más de cuarenta años para reconvertirse en una fuerza política moderna, europea y consciente de la historia de nuestro país. Pero no lo ha hecho. Hubiera bastado reconocer unos cuantos hechos históricos incuestionables como, por ejemplo, que la II República española fue un sistema democrático; que la Constitución de ese sistema democrático estableció en su artículo 1 que la bandera de España era roja, amarilla y morada; o que este sistema democrático fue derribado por un golpe de Estado fascista, cuyas estructuras institucionales pervivieron, al menos, hasta 1978.

Pero la derecha española nunca ha estado dispuesta a realizar este ejercicio de sinceridad. De hecho, el portavoz del PP en el Ayuntamiento de Zaragoza, Jorge Azcón, demostró ayer que la manipulación de los hechos históricos es uno de los pilares sobre los que se asienta su partido.

Minutos después de que el gobierno municipal de Zaragoza decidiera ayer añadir a la fachada del Ayuntamiento la bandera de la II República, como conmemoración del día en el que se instauró el primer sistema democrático de la historia de España, Azcon remitía una carta abierta al alcalde Pedro Santisteve en la que le pedía que retirase “inmediatamente” esa “enseña inconstitucional”, antes de recordarle que los símbolos que expone el Ayuntamiento “no están a vuestro servicio ni al de vuestra ideología”.

Sobre este cúmulo de sandeces, conviene aclarar algunos aspectos.

En primer lugar, la bandera tricolor no es “inconstitucional”, ya que fue la enseña oficial del país durante un periodo constitucional y democrático conocido como “Segunda República”. Como mucho, podría denunciarse una alteración de protocolo si esta bandera hubiera sustituido a la actual bicolor en la fachada de una institución, cosa que no sucedió ayer en Zaragoza.

En segundo lugar, una República democrática no es una ideología, sino una forma de gobierno en la que caben personas y partidos de todas las ideologías. De hecho, la II República fue gobernada durante dos años por la derecha, tras su triunfo electoral de 1933. Por ello, decir que la bandera republicana española es el símbolo ideológico de la izquierda es tan estúpido como decir, por ejemplo, que la actual bandera nacional de México es el símbolo ideológico del PRI, partido que ha gobernado el país durante 76 de los últimos 88 años.

Cosa distinta es que el PP acuda al periodo de la Guerra Civil para identificar la bandera tricolor con la ideología de los partidos y organizaciones que lucharon a favor de la legalidad democrática republicana, entre los cuales, evidentemente, no se encontraba la derecha española, que sumó fuerzas con los fascistas. Desde este punto de vista (el único que puede justificar los argumentos dados por Jorge Azcón en su carta abierta), lo que procede es sustituir “inmediatamente” la actual bandera española por otra que no esté relacionada con el bando fascista de la Guerra Civil.

Si la Transición española hubiera sido un proceso ecuánime con voluntad real de cerrar las heridas del pasado, jamás hubiera debido sobrevivir la bandera utilizada por los fascistas como símbolo nacional de todos los españoles. En este sentido, fue mucho más modélico el proceso de transición que Nelson Mandela encabezó en Sudáfrica, lugar donde fueron superadas la antigua bandera racista y la de los movimientos de liberación que luchaban contra el Apartheid, para dar lugar a una nueva enseña en la que todos los habitantes del país se sintieran representados. Pero claro, el Apartheid, a pesar de toda la crueldad que ejerció durante 44 años, no tenía la necesidad de pervivir tras su caída porque nunca tuvo 114.000 cadáveres que ocultar en los barrancos y las cunetas del país.

 

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