El triunfo del perdedor

6. febrero 2012 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Uno de los males que afecta a la clase política española es el de su propia mediocridad. Otro es el de la eterna permanencia de las mismas personas en la primera línea de actividad pública, no en atención a sus méritos sino sobre la base de su infinita capacidad verborreica.

La elección de Alfredo Pérez Rubalcaba como nuevo secretario general del PSOE tiene algo de ambos males. Es difícil de comprender que el candidato que ha obtenido para los y las socialistas la peor derrota electoral desde la restauración democrática, pueda ser considerado ahora como la gran esperanza del partido.

Del mismo modo, resulta incomprensible que alguien que fue partícipe directo del ocaso del felipismo y del ocaso del zapaterismo, sea proclamado en este momento como garante de un nuevo amanecer para el PSOE.

El mismo análisis (salvo la referencia al felipismo) se podría aplicar a la otra candidata a la Secretaría General. Carme Chacón dio la medida de sí misma cuando como ministra no sólo fue copartícipe de todas las medidas antisociales ejecutadas por ZP al dictado del dios Mercado, sino que encabezó un proceso de externalización de servicios en el Ministerio de Defensa que han traído consigo servicios más caros y peores, relaciones laborales más precarias, y beneficios económicos privados más escandalosos.

Por ello, el 38 Congreso del Partido Socialista Obrero Español nunca debería haber sido un debate sobre personas, sino sobre ideas. Concretamente, tendría que haberse despejado el dilema sobre el futuro ideológico del PSOE, es decir, sobre si pretende ser referente de la hoy proscrita socialdemocracia económica, o si por el contrario, se conforma con ocupar un lugar económicamente interesante a la diestra de la mencionada deidad.

La ausencia de debate en este sentido, ha despejado la incógnita indirectamente a favor de la segunda posibilidad. Lo contrario hubiera sido pedir peras democráticas a un viejo olmo hendido por la corrupción ideológica y podrido por el aparatismo.

 

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