Elecciones rusas

6. marzo 2012 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Cada pueblo disfruta del nivel de democracia que merece, o por mejor decir, del nivel de democracia que está dispuesto a exigir a los poderes fácticos que dirigen las riendas de su destino. Dicho esto, resulta claramente sintomático que algunas instancias occidentales estén intentando mover la silla al presidente electo ruso Vladimir Putin, justo después de que su país se haya desmarcado de la estrategia norteamericana de crear conflictos internacionales donde no los hay (Libia, Siria, Irán, etc.).

Evidentemente, en el perfil político de Vladimir Putin predomina el componente nacionalista sobre el democrático, algo que bien se podría aplicar a buena parte de los gobernantes occidentales.

Inferir de ahí que los resultados de las últimas elecciones presidenciales rusas son fruto de una especie de “pucherazo”, no constituye más que un ejercicio de demagogia, máxime teniendo en cuenta la historia reciente de aquel país.

A nadie pareció importarle que, unos días antes de las presidenciales de 1996, algunos observadores extranjeros de nacionalidad española aseguraran que no constaba la existencia real de, al menos, tres millones de votantes inscritos en el censo ruso. En la primera vuelta de aquellos comicios, un gran “demócrata” llamado Boris Yeltsin venció al candidato del Partido Comunista de Rusia, Guennadi Ziuganov, por una diferencia de 2,4 millones de votos.

Si las elecciones del pasado domingo estuvieron amañadas, desde luego, no lo estuvieron menos –ni posiblemente más– que otros comicios similares celebrados con anterioridad.

Sin embargo, quienes ahora se rasgan las vestiduras porque el líder ruso más votado es alguien que resulta molesto para los intereses occidentales, deberían haberse preguntado en su momento por las consecuencias que acarrearía una transición caótica que sólo sirvió para saquear el Estado soviético, sin tener en cuenta el significado real de la palabra “democracia”.

 

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