“Es la democracia, estúpido”

26. mayo 2015 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Cuentan que uno de los asesores de campaña del candidato Bill Clinton le sugirió que atacara al entonces presidente Bush I con las devastadoras consecuencias que su modelo neoliberal estaba provocando entre los votantes. James Carville, que así se llamaba el asesor, supo ver que la economía era el talón de Aquiles del presidente vencedor de la Guerra Fría y de la primera Guerra del Golfo, y por eso apuntó la frase “¡Es la economía, estúpido!” en la pizarra utilizada para los argumentarios del Partido Demócrata.

A tenor de lo que ayer declaró Mariano Rajoy tras conocer la debacle electoral del PP, en las pizarras de todos los partidos de la oposición deberían escribir desde hoy “¡Es la democracia, estúpido!”. Y es que el actual presidente del Gobierno de España todavía no ha entendido la democracia, por mucho que los ideólogos de su partido hayan tratado de reducirla a un día cada cuatro años, mientras los 1.459 restantes se convierten en una ofrenda institucional a los grandes oligopolios empresariales y financieros.

La receta propuesta por Rajoy para contrarrestar la derrota consiste en “estar más próximos, más cercanos y comunicar más con los españoles”. Se trata de la penúltima falta de respeto hacia el pueblo soberano por parte de quienes piensan que la ciudadanía es una especie de rebaño, sumamente influenciable y sin capacidad de discernimiento, a la que se puede convencer repitiendo el cuento de la recuperación 1.807 veces, en lugar de 1.800.

Sin embargo, para que lo comprenda hasta Rajoy, no es que los votantes no hayan entendido la política económica del PP, sino que la han rechazado abiertamente porque han comprendido en su integridad los desahucios inmobiliarios, los empleos basura, los derechos sociales robados, los salarios reducidos, los recortes presupuestarios, las privatizaciones sanitarias, los rescates bancarios, las listas de espera hospitalarias, la pobreza energética, la educación clasista, y el hambre infantil.

La democracia no consiste en que el pueblo esté obligado a bendecir las políticas del gobernante por mucho que éste las pregone, sino en que el gobernante escuche lo que el pueblo dice. Y lo que el soberano pueblo español expresó el domingo, viene a ser lo mismo que el pueblo soberano griego expresó en enero: una rotunda negativa a sufrir las consecuencias de una ideología económica podrida, que jamás debió salir de los putrefactos cerebros de Friedrich Hayek y Milton Friedman.

 

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