Espionaje y alcahuetería

1. julio 2013 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

El que fuera director del servicio de espionaje de Alemania Oriental (HVA), Markus Wolf, solía decir que el arte de conocer los secretos del adversario se había pervertido cuando el bloque occidental, y especialmente los Estados Unidos, comenzaron a sustituir a los espías de carne y hueso por sofisticados sistemas de espionaje electrónico nacidos al amparo de la digitalización global.

Casi veinticinco años después de la caída del Muro de Berlín, la Alemania unificada y neoliberal se ha visto sacudida por la noticia de que la agencia de seguridad nacional norteamericana (NSA) suele espiar en el país de Merkel unos 500 millones de comunicaciones telefónicas y de internet al mes.

Según el espía norteamericano arrepentido Edward Snowden, buena parte de este espionaje electrónico se produce en Fráncfort, el corazón económico y financiero de la Eurozona, desconociéndose por el momento la identidad de los destinatarios finales, públicos o privados, de las informaciones.

El secreto de las comunicaciones es un principio del Derecho que queda reconocido en las legislaciones de la mayoría de los países democráticos del planeta, y que sin embargo, resulta groseramente pisoteado por las cloacas de los Estados. Lo más preocupante es que cuando alguien como Snowden denuncia la presencia de ratas de cloaca en nuestras vidas cotidianas, es inmediatamente tachado de traidor respecto a una patria cuyo gobierno ha traicionado, a su vez, los principios legales que debería proteger.

Es entonces cuando el espionaje se transforma en alcahuetería, es decir, en el oficio propio de alcahuetes, que según el diccionario de la RAE son aquellas personas que “llevan y traen chismes” o que “ocultan o encubren los actos reprobables de alguien”.

 

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