Espionaje y encubrimiento

28. octubre 2013 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Antes de pasar a ocuparse de otros asuntos, la Administración Obama ha zanjado el escándalo del ciberespionaje de EEUU sobre sus aliados europeos diciendo algo así como que “todos lo hacen, pero en el caso de los demás no ha habido un Snowden que destapara las cloacas del Estado”.

La digitalización del planeta ha facilitado enormemente las tareas de los espías, desde una máxima que es, al mismo tiempo, principio evolutivo fundamental para la especie humana: “lo que puede hacerse, se hace”. Sin embargo, no todo lo que “se hace” es legal. La invención de las armas de fuego, por ejemplo, supuso un avance tecnológico respecto sables y floretes, pero pronto su uso se vio limitado por una legislación que prohibía vaciar el cargador sobre otra persona.

De forma análoga, la legislación prohíbe violar el secreto de las comunicaciones postales, telegráficas, telefónicas e informáticas. Tal vez por ello resulta tan incomprensible la tibia actitud del Gobierno de España frente a quienes han quebrantado el secreto de las comunicaciones de ciudadanos e instituciones de este país. Cuando hay constancia de la comisión de un delito, el deber de cualquier Estado es perseguirlo, tanto para evitar que sus autores lo sigan cometiendo, como para disuadir a otros de practicar conductas similares.

Sin embargo en este caso, el principal testigo del caso (Snowden), es decir, aquel que desvela el delito cometido por sus jefes (Obama y compañía), es el perseguido.

España y el resto de Europa harían bien en perseguir penalmente, y hasta sus últimas consecuencias, los delitos de interceptación de comunicaciones que pudiera haber cometido el amigo americano, simplemente, porque es ilegal actuar de esta manera.

Encubrir un delito, es encubrimiento, y de momento, la actitud de Mariano Rajoy se asemeja más a la de un encubridor que a la del portavoz de una asociación de víctimas del delito de interceptación de comunicaciones.

 

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