Expansionismo catalán cateto

24. agosto 2015 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

El expansionismo es el grado supremo del nacionalismo cateto. Ejemplos ha habido más que suficientes en la historia reciente de la Humanidad. El último de ellos lo ofreció el sábado el consejero de Justicia de Cataluña, Germá Gordó, al afirmar que la futura Cataluña independiente debería otorgar la nacionalidad a los habitantes de una cosa llamada “los países catalanes”.

En esta entidad literalmente utópica se incluirían no sólo el territorio de la actual comunidad autónoma de Cataluña, sino también el sureste de Francia, las Islas Baleares, la Comunidad Valenciana y la zona oriental de Aragón.

A pesar de todas sus titulaciones universitarias y parauniversitarias, a este abogado leridano jamás han debido de explicarle la diferencia entre lengua y nación. De hecho, los nacionalistas catetos piensan que las lenguas no son sólo sistemas de comunicación entre personas, sino que alcanzan la categoría de símbolo identitario de comunidades humanas.

Para ellos, el hecho de que una vasija pequeña, por lo común de loza o de metal y con asa, empleada generalmente para tomar líquidos, se llame “taza” en castellano y “tassa” en catalán, supone un hecho diferencial lo suficientemente importante como para asignar una nacionalidad a quienes utilicen un vocablo, y otra diferente para quienes utilicen el otro.

Si esa entidad imaginaria a la que algunos llaman “países catalanes” se vertebra en torno a una lengua común y a sus diferentes variedades dialectales, es muy posible que el convergente Germá Gordó y sus compañeros de sinrazones sean partidarios de que Francia otorgue la nacionalidad francesa a marroquíes, cameruneses, costamarfileños o senegaleses (entre otros), y que el Reino Unido haga lo propio con sudaneses, keniatas, zimbabuenses o zambianos.

De este modo, además de asignar la nacionalidad “correcta” a los vecinos de Perpiñán, Fraga, Mequinenza, Valderrobres, Villajoyosa o Ibiza, quizá se solucionaría el drama de la inmigración en las aguas del Mediterráneo, ese mar que –según la Generalitat de Cataluña– tan brillantemente dominaron en el siglo XIII los “reyes catalanes” con la ayuda de algún que otro “hidalgo aragonés” (ja, ja, ja, ja, ja, ja,…).

 

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