Expo Zaragoza 2008, cinco años después

14. junio 2013 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Un día como hoy, pero de hace cinco años, abría sus puertas al público Expo Zaragoza 2008. El sueño de modernidad que una ciudad entera había gestado durante doce años se encarnaba en veinticinco hectáreas de reflexión sobre el agua y el desarrollo sostenible, y en muchas más hectáreas fuera del recinto que se veían transformadas gracias a las actuaciones del Plan de Acompañamiento.

De repente, la ciudad en la que nunca pasaba nada, la ciudad que no se sentía capaz de hacer nada, la ciudad que abordaba con timidez los retos del futuro, se dio cuenta de que era capaz de hacer algo y de hacerlo bien.

Hoy, cinco años después, el recuerdo de aquella muestra internacional que supuso el mejor verano de sus vidas para miles de zaragozanos y zaragozanas, debe servir a la ciudad para no olvidarse de sí misma y de sus propias potencialidades.

A pesar de la crisis económica mundial que estalló justo después de la Expo con la caída de Lehman Brothers, la exposición internacional de 2008 no es algo de lo que Zaragoza deba avergonzarse. La importante inyección de dinero público en la ciudad (la mayor parte procedente del Estado central), el rigor y transparencia con los que se gestionó esa inversión, y sobre todo, la visión de futuro que presidió todo el proyecto, son elementos que deben enorgullecer a cualquier persona que ame la ciudad en la que vive.

Hoy, cinco años después, podemos decir que la Expo de 2008 fue la primera piedra de la nueva Zaragoza, y que esa nueva Zaragoza es radical e indiscutiblemente mejor que la que existía antes de aquel año.

Durante este tiempo sólo ha faltado un compromiso más decidido de CAI e Ibercaja a la hora de otorgar el valor turístico que merecen a dos de los edificios emblemáticos de la muestra: la Torre del Agua y el Pabellón Puente, respectivamente. También se ha echado en falta un mayor impulso institucional para defender el acierto que supuso la celebración de la Expo, frente a la contracción anímica que el austericidio ha generado en no pocas conciencias.

La reconversión del Frente Fluvial en la mayor plaza de la ciudad, y la transformación de los edificios Lluvia, Viento y Sol en el Parque Empresarial Dinamiza, así como de los edificios Ríos y del Pabellón Oasis y Desiertos en la nueva Ciudad de la Justicia, constituyen actuaciones institucionales acertadas y cargadas de futuro. Pero quedan asignaturas pendientes. La Torre del Agua y el Pabellón Puente deben abrir definitivamente sus puertas con sus respectivos contenidos expositivos, y con la escultura “Splash!” recolocada en el interior de la primera. El Telecabina de Aramón tiene que reabrirse como reclamo turístico para la zona. Los pabellones de Aragón y de España deben cumplir ya alguna de las posibles funciones post–Expo para las que fueron concebidos.

Tareas cuyo cumplimiento se verá acelerado en la medida en que la sociedad civil lo reivindique para beneficio colectivo. Al fin y al cabo, como decía el maestro Tierno Galván, “todos tenemos nuestra casa, que es el hogar privado; y la ciudad, que es el hogar público”.

 

Tags: , , , , , , , , ,

Comentarios cerrados