Extremismo israelí

11. agosto 2015 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Si dentro de algunos años Josu Ternera o Pakito fueran nombrados primeros ministros de una hipotética república independiente de Euskadi, la inmensa mayoría de políticos y analistas coincidirían en denunciar los vínculos entre el terrorismo de la extinta ETA y la organización institucional del nuevo Estado vasco.

Sin embargo, casi nadie recuerda los vínculos entre el actual Estado de Israel y la organización terrorista Irgún, que entre 1931 y 1948 preconizaba la lucha armada como método para lograr la independencia israelí sobre el territorio del Mandato Británico de Palestina.

De hecho, el primer ministro de Israel entre 1977 y 1983, Menájem Beguin, fue líder del Irgún entre 1943 y 1948. Durante su jefatura terrorista tuvo lugar el mayor atentado cometido por el grupo. Fue el 22 de julio de 1946 cuando los asesinos del Irgún colocaron varias cargas explosivas en los cimientos del Hotel Rey David de Jerusalén (sede provisional del Mandato Británico de Palestina), con el resultado de 91 muertos (la mayoría árabes y británicos) y 45 heridos.

Tras la proclamación del Estado de Israel, el Irgún se convirtió en el partido Herut (fundado por el propio Menájem Beguin), que luego daría lugar al Likud del actual primer ministro Benjamin Netanyahu.

Pero esto sólo sería escandaloso si hubiera ocurrido en Euskadi o en Irlanda del Norte.

Lo cierto es que el Comité Especial de Naciones Unidas que investiga las actividades de Israel en los territorios palestinos ocupados, ha sentenciado que los asentamientos ilegales y la impunidad de la que disfrutan los colonos, son las principales causas de la violencia que se sufre en la zona.

La comunidad internacional ha denunciado reiteradamente la ilegalidad de los nuevos asentamientos israelíes en Cisjordania, sin ninguna consecuencia adversa para el gobierno responsable de los mismos. La misma impunidad de la que, gracias al veto de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad, disfrutan los asesinos del ejército israelí, que hace ahora un año quitaron la vida en Gaza a 1.500 civiles palestinos, de los que 550 eran niños.

La impunidad es injusticia, y ninguna injusticia puede sostenerse indefinidamente. El reciente atentado de Duma, en el que terroristas israelíes mataron abrasados a un niño palestino de año y medio y a su padre, ha comenzado a despertar conciencias en el Estado de Israel.

Durante décadas, los gobiernos labioristas y conservadores de Tel Aviv han alimentado a la bestia, y ahora la bestia no sólo se ha hecho fuerte, sino que también se cree impune. Por ello, es la sociedad civil israelí la que debe conquistar ahora la paz, la justicia y el Estado de Derecho para su país. Sin ellos, Israel no será nunca una democracia avanzada, porque nunca dejará de ser un Estado construido por terroristas que ampara a terroristas.

 

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