Falta de respeto

2. octubre 2014 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

A comienzos del siglo XXI, Zaragoza se proponía mirar hacia el norte para convertirse en una de esas ciudades europeas modernas y cosmopolitas que han hecho bandera de la cultura, la innovación, la sostenibilidad y el respeto al medio ambiente. Con este propósito se levantó el proyecto de la Exposición Internacional de 2008. Tras conseguir la designación de la capital aragonesa como ciudad organizadora de la muestra (cosa que no fue nada fácil), las obras consiguieron cambiar el aspecto de Zaragoza a través de una transformación urbana integral.

Sin embargo, lo que no pudo cambiarse es la mentalidad pacata, rústica y retrógrada de la mayoría de los habitantes de esta tierra, y de la práctica totalidad de sus instituciones políticas, mediáticas y económicas.

Uno de los últimos ejemplos es el hostigamiento creciente hacia los nuevos medios de transporte ecológicos y sostenibles introducidos en la ciudad. Ni el tranvía ni la bicicleta han sido comprendidos en su exacta dimensión, primando en todo momento los viejos esquemas viarios y urbanos que los zaragozanos y zaragozanas tenían en sus cabezas, sobre el esfuerzo mental que representaba aceptar algo novedoso.

Como principal institución impulsora de ambos proyectos, cabe imputar al Ayuntamiento de Zaragoza una nefasta planificación previa de lo que iba a ser la movilidad urbana tras la puesta en marcha del tranvía (consecuencia directa de la financiación privada del proyecto), así como una cierta indefinición acerca de las normas de circulación de las bicicletas, sobre todo, en lo concerniente a su presencia en las aceras. Pero lo que hoy diferencia a Zaragoza de otras ciudades del norte de Europa (donde automóviles, peatones, tranvías y ciclistas comparten de forma natural el espacio urbano) es la falta de respeto hacia los demás.

Falta de respeto de quienes se ven privados de conducir sus automóviles por donde antes lo hacían; falta de respeto por parte de esos pocos pero llamativos ciclistas que han circulado por las aceras de forma temeraria e impune; falta de respeto de los peatones que han invadido los carriles bici y las zonas de paso del tranvía con el semáforo rojo; falta de respeto, en suma, de miles de ciudadanos y ciudadanas hacia las opciones de movilidad elegidas por los demás.

En este contexto, no es de extrañar que la sentencia del Tribunal Supremo, ratificando otra anterior del Tribunal Superior de Justicia de Aragón, haya acudido a la ley general para invalidar una ordenanza municipal que, a su juicio, la incumplía. Ahora que las bicicletas van a circular masivamente por la calzada, sólo queda por saber si los automovilistas serán capaces de respetar a los ciclistas que circulen por un espacio que antes estaba prácticamente reservado para aquéllos, o si por el contrario, los casos de hostigamiento acabarán logrando que se desande el esperanzador camino de la movilidad sostenible que Zaragoza empezó a tomar a principios de siglo.

 

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