Gabriel Rufián y el poder de una etiqueta

23. enero 2017 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

El sueño de todo entrevistador es pillar a la persona entrevistada en un renuncio, máxime si se trata de alguien dedicado a la política. En este terreno, el premio gordo se lo llevó Risto Mejide en el programa Chester Stars emitido anoche en Cuatro. Tras afear a Gabriel Rufián una crítica tuitera contra Amancio Ortega, el publicista catalán encontró la etiqueta de Zara en la americana del entrevistado.

Mientras el portavoz de ERC en el Congreso trataba de encontrar una explicación imposible, su entrevistador se regocijaba con el trofeo conseguido, amparado en todo momento por el tono distendido del programa.

Sobró el posterior lameculeo de Mejide hacia quien ha construido un imperio textil sobre la explotación extrema de miles de trabajadores en esos talleres del tercer mundo de cuya existencia no quieren tener constancia las multinacionales para las que trabajan. Pero lo cierto y verdadero es que Gabriel Rufián llevaba una chaqueta de Zara después de haber dicho en Twitter que “Amancio Ortega empezó de la nada en un garaje de Tánger, Dacca y Delhi”.

Y eso sitúa el debate en el punto en que lo dejamos el pasado 2 de noviembre en este mismo espacio, cuando criticábamos que Gabriel Rufián reprochara incoherencias ajenas, mientras su propio partido –republicano y de izquierdas– había decidido compartir lista electoral con la derecha neoliberal y corrupta de la antigua Convergencia.

Quizá el señor Rufián no sea consciente de que la incoherencia política es la peor aliada de la izquierda, puesto que, a diferencia del electorado de derechas (que siempre está dispuesto a perdonar a sus líderes la corrupción, la mentira y el populismo), el electorado de izquierdas castiga severamente cualquier desviación entre las palabras y los actos de sus representantes.

O quizá al señor Rufián y a sus correligionarios les importe poco la coherencia política, porque lo único importante para ellos y ellas es “el procés”. Si así fuera, el futuro ético y político de esa república catalana independiente que tanto anhelan, no distaría mucho del que aguarda a la actual comunidad autónoma de Cataluña.

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