Grecia, la UE y la democracia

18. febrero 2015 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Está claro que las instituciones europeas no han entendido lo que ha pasado últimamente en Grecia, quizá porque no terminan de comprender el concepto de “democracia”. Lo explicaremos brevemente: el pueblo griego, que es soberano para ordenar a sus representantes institucionales lo que deben acordar en su nombre, ha dicho que no quiere más austeridazo, básicamente porque los brutales recortes presupuestarios impuestos anteriormente al país sólo sirvieron para incrementar la deuda pública, el desempleo, la desigualdad social y el sufrimiento de la gente.

Una Unión Europea democrática, social y responsable debería haber escuchado esta decisión colectiva, para ponerse a trabajar con el nuevo gobierno griego en la búsqueda de una solución económica que respondiera tanto a los compromisos suscritos por el país, como al nuevo mandato democrático expresado por sus habitantes.

Pero en lugar de eso, las instituciones de la UE (que ya no puede llamarse democrática, social ni responsable) se han enrocado en la idea de que los acuerdos alcanzados con el anterior gobierno griego son inmutables, eternos, imperecederos e inamovibles. En un delirio de puro engreimiento, el ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble, se ha atrevido a afirmar ante los micrófonos de Deutschlandfunk lo siguiente: “Lo siento por los griegos. Han elegido un Gobierno que, de momento, se comporta de manera bastante irresponsable”.

Seguramente, este ministro y todos sus correligionarios neoliberales piensan que lo verdaderamente responsable es alejar a los pueblos de la política económica, bien engañándolos en las votaciones con programas electorales falsos, o bien impidiendo cualquier posibilidad de que las grandes decisiones en esta materia se sometan a referéndum, como propuso en Grecia el exprimer ministro socialista Yorgos Papandreu, antes de que esta idea fuera respondida por socialistas y conservadores con un linchamiento político de inusitada crueldad.

Cualquier demócrata sabría que el resultado de las últimas elecciones griegas obliga a reformular la política económica que la UE y el FMI han seguido hasta ahora con Grecia, un país arruinado –no lo olvidemos– desde que un gobernante conservador llamado Kostas Karamanlis decidió falsear ante Bruselas las cuentas macroeconómicas del país.

Si no se produce esta reformulación profunda y sensata, sólo cabrá concluir que en Bruselas, en Frankfurt y en Washington no hay demócratas, sino bestias totalitarias temerosas de que una concesión a Grecia suponga mostrar al resto de los pueblos europeos la puerta de salida del infierno neoliberal en el que viven instalados.

 

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