Háganse los insectos

14. mayo 2013 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

El lema de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación es “fiat panis”, que en latín quiere decir “hágase el pan”. Sin embargo desde ayer el lema debería ser “fiat insectus”. La recomendación de comer insectos para acabar con el hambre en el planeta que esta organización realiza a través de un informe de 187 páginas, constituye la prueba del fracaso de una comunidad internacional que no ha sido capaz de que se “hiciera el pan” para todos los habitantes del planeta, y que como alternativa, propone que “se hagan los insectos”.

Quizá inconsciente de lo que supone esta propuesta para los dos tercios de la Humanidad que no incluyen a los insectos en su dieta habitual, la FAO aporta en su informe una serie de datos técnicos sobre la conveniencia de ingerir bichos, llegando incluso a reclamar que se eliminen las legislaciones que impiden su comercialización como alimento para seres humanos. Dejando aparte el hecho de que esta modificación legal dejaría sin contenido el famoso gag de Barrio Sésamo de “¡Camarero, hay una mosca en mi sopa!”, resulta inaudito el despliegue de argumentos económicos, medioambientales y nutricionales que la FAO ha pergeñado para inducirnos a todos a comer insectos.

No es sincera la directora de la División de Economía, Políticas y Productos Forestales de la FAO, y coautora del informe, Eva Muller, cuando afirma que “no estamos diciendo que la gente debe comer bichos”. Precisamente, lo que hace la organización internacional es recomendar la ingesta de estos “productos” entre quienes no tienen costumbre de ingerirlos, ya que en los países en vías de desarrollo donde se come insectos, ya se come insectos.

Los argumentos económicos (como los puestos de trabajo que crearía esta nueva industria), medioambientales (los insectos expulsan menos metano a la atmósfera que las vacas), o nutricionales (los “bichos” de los que habla Eva Muller aportan más proteínas que otros productos alimenticios) solo consiguen esconder una realidad demoledora a la que la FAO no ha querido o no ha podido hacer frente: la lógica del mercado capitalista ha impedido un correcto reparto de los alimentos entre todos los seres humanos del planeta, conduciendo a la obesidad a los países más ricos, y a la desnutrición a los más empobrecidos. No hace falta comer insectos para ser conscientes de ello.

 

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