¡Hasta siempre, comandante!

28. noviembre 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

En el mundo hay dos tipos de personas.

Por un lado, hay quienes piensan que cada ser humano es responsable de labrarse su propio porvenir, sin pensar en sus congéneres, ni por supuesto, en la situación desigual de la que parten. También forman parte de este primer grupo quienes consideran muy lamentable que no todos los niños puedan estudiar y alimentarse correctamente, pero que poco se puede hacer ante un mundo que “es así”. Los hay convencidos de que la lucha de las mujeres por equipararse en derechos y en realidades con los varones está bien, pero que siempre acaba siendo manejada por un puñado de “histéricas”. En este primer grupo también están los que opinan que la felicidad consiste en acudir en masa a los grandes centros comerciales para comprar productos perfectamente inútiles, aunque profusamente anunciados por sus fabricantes. Y por supuesto, están también los que sostienen que la democracia es una ceremonia consistente en ir a votar cada cuatro años, para que luego el dios Mercado siga gobernando nuestras vidas entre ceremonia y ceremonia (como acaba de demostrarse en Grecia). No faltan en este primer grupo los que defienden el derecho de una superpotencia a establecer un bloqueo sobre cualquier país que se niegue a seguir sus dictados económicos, aunque el resto de la comunidad internacional exija desde hace décadas que se levante ese bloqueo.

Hay un segundo grupo de personas (hoy, desafortunadamente, minoritario) que piensan que los seres humanos nacen libres e iguales, y que esa libertad e igualdad debe materializarse a lo largo de sus vidas. También forman parte de él quienes consideran que ningún niño debe verse privado del acceso a la educación y de la alimentación suficiente para llegar a hacerse mayor y convertirse en un ciudadano o ciudadana ejemplar de la sociedad en la que vive. Y quienes están convencidos de que la igualdad legal entre hombres y mujeres debe plasmarse en cada rincón de la realidad. Y quienes opinan que la felicidad consiste en que todo ser humano, simplemente por el hecho de serlo, tenga cubiertas sus necesidades básicas de alimentación, vestido, vivienda, energía, educación y sanidad, más allá de toda circunstancia social o económica. Y quienes sostienen que debe entenderse la palabra “democracia” en su sentido etimológico de “poder popular”, para que las gentes, reunidas en barrios, municipios, distritos, provincias y Estados, propongan medidas tendentes a mejorar su calidad de vida. Y por último, están en este segundo grupo los que defienden el derecho de cada país a elegir su propio destino, independientemente de la voluntad de cualquier superpotencia imperialista situada a 150 kilómetros de sus costas.

Fidel Castro trabajó siempre a favor del segundo grupo de personas, construyendo un país que no es un paraíso perfecto, pero que a pesar de todas las dificultades, ha conseguido mantener unos estándares de calidad de vida muy superiores a los de otros Estados de su misma zona geopolítica (*).

Por todo ello, ¡Hasta siempre, comandante!, y muchas gracias por haber consagrado tu vida a la lucha por la justicia social.

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(*) El Índice de Desarrollo Humano (IDH), un indicador sobre calidad de vida elaborado anualmente por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), indica que Cuba se sitúa en el segundo bloque de países (desarrollo humano “alto”), en el puesto número 67 con un coeficiente del 0,769, por encima de otros Estados como Costa Rica (69º), Venezuela (71º), México (74º), Brasil (75º), Perú (84º), Ecuador (88º), Colombia (97º), Jamaica (99º), Belice (101º), Surinam (103º), Paraguay (112º), El Salvador (116º), Bolivia (119º), Guyana (124º), Nicaragua (125º), Guatemala (128º), Honduras (131º) o Haití (163º). Este indicador incluye factores como la desigualdad, la pobreza, la igualdad de género, la privación material, la paz o el progreso social.

 

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