Hostigar a Rusia y a China

2. diciembre 2013 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

A estas alturas de la historia, ya casi nadie duda de que la guerra es un lucrativo negocio para quienes, sin pisar el frente de batalla, suministran armas y pertrechos a los que se encuentran en él. La paz, por el contrario, es un estado natural que no requiere ningún proceso de producción industrial o de posterior comercialización.

Como consecuencia de la incertidumbre política y de la crisis económica global que el nuevo milenio ha traído consigo, parece que en el mundo se van configurando dos bloques ideológicos, uno partidario de la guerra como oportunidad de negocio frente al agotamiento de otras posibilidades de desarrollo económico, y otro dispuesto a mantener la paz mundial a toda costa.

En el primer grupo se sitúan quienes, tras haber pisoteado el Derecho Internacional público en Afganistán y en Irak, se han mostrado dispuestos a invadir Irán a propósito de su programa nuclear, o de intervenir militarmente en Siria para derrocar el gobierno laico de Bachar Al Assad, tras lanzarle la falsa acusación de haber usado armas químicas.

El segundo grupo está liderado por Rusia y China, los dos países que desde el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas han sido capaces de encontrar soluciones diplomáticas satisfactorias a estas dos últimas controversias. Quizá por eso, los actos de hostigamiento se hayan trasladado hasta sus fronteras durante las últimas semanas.

El caso más flagrante se está produciendo en el mar de China, donde aeronaves de guerra estadounidenses han sobrevolado los islotes Diayou (cuya soberanía disputan China, Japón y Taiwán) después de que Pekín incluyera el archipiélago en una zona de identificación aérea propia. La respuesta menos diplomática a la actitud más unilateral.

En el caso de Rusia, las últimas maniobras de hostigamiento (menos espectaculares pero mucho más trascendentes que las del mar de China) se desarrollan en dos piezas del tablero geopolítico mundial llamadas Siria y Ucrania. En el primero de estos escenarios, la guerra civil sostenida por yihadistas y mercenarios contra el gobierno de Damasco, cumple la doble función de que, por un lado, todos vendan armas a los bandos en conflicto, y de que, en el caso de que venzan los rebeldes, Rusia se vea privada de la base militar de Tartús, en la costa mediterránea siria.

Por lo que respecta a Ucrania, las maniobras tratan directamente de arrebatar a Moscú de uno de los territorios donde Rusia ha ejercido su influencia a lo largo de los últimos siglos. El fallido acuerdo estratégico entre Ucrania y la Unión Europea, ha provocado intensos desórdenes públicos (con manifestantes amenazando a la policía con retroexcavadoras), a propósito de los cuales sería interesante escuchar un análisis comparativo del ministro español del Interior, Jorge Fernández Díaz, respecto a la naturaleza de las movilizaciones sociales en nuestro país.

En el colmo del despropósito conceptual, es perfectamente posible estos días ver en Kiev a guerrilleros urbanos de la ultraderecha nacionalista ucraniana reclamando violentamente la firma de un acuerdo entre su país y una UE que les va a negar su esencia nacional, que va a colocar las instituciones ucranianas a los pies de Bruselas, y que va a tratar a los nacionales de aquel país como ciudadanos de segunda.

En este oscuro juego geoestratégico, el premio para quien consiga arrancar a Ucrania de su tradicional pertenencia a la zona de influencia rusa, es despojar a Moscú de la base naval de Sebastopol (sede de la flota del mar Negro), y por lo tanto, de la salida natural de Rusia hacia el Mediterráneo.

 

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