La burbuja china

21. octubre 2014 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Para cualquier país de la Unión Europea, sería motivo de orgullo presentar un crecimiento trimestral del 7,3% en el Producto Interior Bruto. Sin embargo, en China esta cifra lleva el aroma del fracaso puesto que se ha situado dos décimas por debajo de la del trimestre anterior, y sobre todo, porque constituye el dato más bajo desde el primer trimestre de 2009, cuando la economía china crecía “sólo” al 6,6%.

Ciertamente, el dato del PIB mandarín en el tercer trimestre de 2014 es preocupante, si tenemos en cuenta que durante los últimos veinte años la mayor parte de la producción industrial del planeta se ha trasladado a China, como consecuencia de la fuga de capitales internacionales hacia esta dictadura maoísta que garantiza salarios bajos, alta productividad y paz social a punta de pistola.

Y lo es, no tanto por el dato en sí, sino por la incapacidad de la mayoría de los economistas de corbata y moqueta a la hora de percibir el abismo hacia el que se dirige la economía china, y con ella, buena parte de la economía mundial. Estos cómplices intelectuales de un modo de producción moribundo, parecen ajenos a algunas señales de alarma procedentes del gigante asiático, como por ejemplo, la deriva de su sistema financiero hacia las operaciones especulativas, el carácter desequilibrado de su crecimiento económico (tanto desde el punto de vista social como desde el punto de vista productivo), o la dependencia de las exportaciones, auténtico talón de Aquiles de la economía china.

Y es que, al concentrar toda la producción industrial en los paraísos de la semiesclavitud, el capitalismo globalizado ha eliminado millones de puestos de trabajo de calidad en los países desarrollados, lo que ha producido una reducción del poder adquisitivo de la clase trabajadora, y por lo tanto, una disminución del valor de cambio de las manufacturas producidas en China.

De este modo, el capitalismo globalizado ha demostrado ser el mejor sistema económico imaginable, concretamente, el mejor a la hora de crear niveles extremos de contaminación atmosférica en China, el mejor a la hora de incrementar el número de pobres en la Unión Europea, el mejor a la hora de diseñar modelos de crecimiento inviables a medio y largo plazo, el mejor a la hora de introducir a cientos de trabajadores en talleres textiles inmundos que en ocasiones se derrumban sobre sus cabezas, y sobre todo, el mejor a la hora de concretar alianzas económicas con gobiernos dictatoriales que niegan los Derechos Humanos a sus pueblos.

Así pues, no resulta extraño que este modo de producción tan perfecto tenga o haya tenido como principales adalides a eminentísimos economistas como Rodrigo Rato o Christine Lagarde (ambos imputados por diversos delitos), incapaces de ver que la carrera mundial hacia el abaratamiento de los salarios y la reducción de los derechos laborales, conduce matemáticamente al colapso generalizado de la economía mundial.

 

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