La casa sin barrer (y sin iluminar)

4. noviembre 2013 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Algún fusible debe de haber fallado en las cabezas de nuestros gobernantes y en eso que modernamente llaman “colaboración público–privada” cuando nos encontramos con espectáculos bochornosos como el que ha tenido lugar durante este puente en la plaza Lucas Miret del recinto Expo.

800 jóvenes de 42 países llegaban el 30 de octubre al Palacio de Congresos para asistir a la reunión de otoño (Autumn Agora 2013) organizada por la delegación de la Universidad de Zaragoza en el Foro Europeo de los Estudiantes (AEGEE). En el exterior del edificio, una plaza que reúne una de las más impresionantes muestras de arquitectura contemporánea de toda Europa, y de la que nuestros jóvenes invitados sólo pudieron disfrutar mientras duró la luz diurna, ya que por la noche permanecía en la más absoluta oscuridad, a pesar de la existencia de farolas y de sistemas de iluminación propios en los edificios emblemáticos que la jalonan.

Una situación incomprensible que la Asociación Legado Expo calificó el viernes de “vergonzosa”, aunque no se sabe si resulta más vergonzoso que durante más de cinco años el Ayuntamiento de Zaragoza (institución responsable del alumbrado urbano) y el Gobierno de Aragón (institución responsable de todo el recinto Expo) no se hayan puesto de acuerdo en la iluminación nocturna de esta parte de la ciudad, o que no hayan tenido voluntad de hacerlo.

Especialmente sangrantes resultan los casos de la escultura “El alma del Ebro”, de Jaume Plensa (una de las veinte intervenciones artísticas urbanas que la Expo trajo a las riberas del Ebro), y de la Torre del Agua, cuya iluminación nocturna cuesta poco más de 6 euros la hora, según estimación técnica de la propia Asociación Legado Expo. Este espectacular edificio de Enrique de Teresa no goza de la misma suerte que otras torres de la ciudad, iluminadas con dinero público a través de sistemas más obsoletos y costosos.

Por ello, a pesar de sus indudables potencialidades como icono de la capital aragonesa, el recinto Expo parece estar sometido a una maldición que impide que cumpla su papel como tal. Las ridículas discrepancias institucionales sobre a quién le corresponde encender, apagar o reparar una bombilla, y el desinterés de entidades financieras privadas por la reactivación de los edificios emblemáticos que la Expo regaló a Zaragoza, constituyen un ejemplo perfecto para ilustrar aquel proverbio que comienza diciendo “el uno por el otro…”.

 

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