La cuestión siria

4. junio 2012 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

El presidente sirio, Bachar Al–Assad, compareció ayer ante el Parlamento para analizar los últimos acontecimientos ocurridos en su país. Entre sus afirmaciones destacan que “Siria no afronta un problema político, sino un proyecto para la destrucción de la nación, cuyo instrumento es el terrorismo”.

Quizá el presidente recordase los casos de Irak o de Libia, en los que las “fuerzas liberadoras” occidentales o pro–occidentales han conseguido derribar por completo las estructuras de dos Estados para dar lugar a una realidad caótica y salvaje, convenientemente disfrazada de libertad y de democracia.

Al–Assad condenó enérgicamente la matanza de Hula y la atribuyó a los enemigos internos y externos de Siria, que “trabajan para crear una división sectaria, como última baza porque ya han agotado todas sus opciones”.

Realmente, la crueldad con la que fue cometida esta masacre es capaz por sí misma de mover en una determinada dirección a la opinión pública internacional y a la voluntad de algunos Estados. Ahora bien, ¿se ha identificado con nombres y apellidos a los autores de la matanza, o simplemente nos movemos a golpe de comunicado de la oposición siria? Como decíamos en nuestro editorial “Hula, las sombras de la matanza” (28–5–2012), “¿alguien se ha parado a pensar qué sentido tendría que un régimen que está en el punto de mira de la comunidad internacional se dedique a masacrar a la población civil mediante una acción tan aberrante como innecesaria?”

Siria es un país que debe evolucionar hacia la democracia y hacia el cumplimiento de los Derechos Humanos, del mismo modo que deben hacerlo otros muchos Estados de su entorno como Arabia Saudí, Bahrein, Israel, Qatar, Emiratos Árabes. Pero esta circunstancia no debe ser en ningún caso la excusa para plantear intervenciones militares ni apoyos logísticos a favor de los grupúsculos terroristas sirios que pretenden derribar al gobierno de Damasco, normalmente, desde posturas ligadas al fundamentalismo islámico.

Al parecer, lo que molesta a Occidente de Siria no es su autoritarismo político sino su economía fuertemente nacionalizada, y por lo tanto, mucho más sostenible que otras basadas en el capitalismo salvaje, tal como estamos comprobando en los últimos tiempos.

 

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