La desvergüenza de Durao Barroso

15. julio 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Hay dos tipos de políticos: los que piensan que los intereses de las grandes empresas trasnacionales deben orientar las decisiones de las instituciones públicas; y los que opinan que los representantes públicos democráticamente elegidos encarnan la soberanía popular, y por lo tanto, están legitimados para construir -entre otras cosas- el modelo económico que el electorado haya elegido.

A los primeros se les suele llamar “neoliberales”; a los segundos, “demócratas”.

José Manuel Durao Barroso es un neoliberal, como también lo son el resto de gobernantes que pululan por Europa, Alexis Tsipras incluido. Es una consecuencia de la involución ideológica que se extendió por el planeta tras la caída del Muro de Berlín.

Durao Barroso comenzó su meteórica carrera haciendo de correveidile de Bush en Europa. Sobre él recae la vergüenza de haber sido el anfitrión del “Trío de Las Azores”, una reunión en la que tres presuntos criminales de guerra llamados Bush, Blair y Aznar, decidieron atentar contra el Derecho Internacional invadiendo un país soberano sin motivo alguno, como luego se ha demostrado.

Vista la solvencia con la que interpretó este papel, Durao Barroso fue después nombrado correveidile de los intereses de las grandes multinacionales en la Unión Europea. Su ejercicio como presidente de la Comisión Europea entre 2004 y 2014 será recordado como aquel en el que Europa renegó de su propio modelo socioeconómico, y abrió la puerta a las tres plagas del catecismo neoliberal: desregulaciones, recortes y privatizaciones.

Su éxito se traduce en el imparable incremento de las desigualdades sociales en Europa, por lo que ahora es premiado con su contratación como presidente no ejecutivo de Goldman Sachs International (GSI), el banco responsable de buena parte de la crisis global de 2008, y sobre todo, del fraude de las cuentas públicas griegas.

El nombramiento de Durao Barroso como jarrón decorativo de Goldman Sachs (ya que su mediocridad y torpeza intelectual no dan para una función ejecutiva más elevada) supone dos problemas para la democracia en Europa.

El primero es que esta contratación contribuye a aumentar el descrédito de la actividad política entre la ciudadanía de a pie, lo que representa una importante devaluación de la democracia como concepto.

El segundo, es que confirma la perniciosa relación entre las instituciones públicas y las grandes corporaciones empresariales, en virtud de la cual, los políticos “dóciles” son premiados por “el dinero” cuando abandonan la actividad política, siempre que antes hayan actuado como fieles lacayos en la defensa institucional de sus intereses.

De este modo, los políticos neoliberales pierden el miedo a aprobar medidas antisociales, ya que en el caso de que pierdan las siguientes elecciones por ese motivo, siempre tendrán debajo una red empresarial que recoja y reconvierta sus maltrechos cadáveres políticos.

Esa y no otra es la razón de que Felipe González retirara en 1988 el Plan de Empleo Juvenil tras la exitosa Huelga General del 14 de diciembre de aquel año; y que sin embargo, veinticinco años después Rajoy, Hollande, Renzi o Tsipras, ni siquiera se hayan planteado escuchar las inmensas movilizaciones de protesta convocadas contra sus políticas antisociales.

 

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