La España real y la España de Felipe VI

25. septiembre 2014 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Es tan corta la capacidad de acción de Naciones Unidas a la hora de evitar conflictos armados o de alcanzar un reparto equitativo de la riqueza mundial, que los discursos que se pronuncian en este foro más bien hay que entenderlos como soflamas publicitarias nacionales, que como verdaderos impulsos a favor de una globalización sostenible, humanista, ecologista y fiel a los principios que inspiraron la Carta de las Naciones Unidas y la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

En este sentido, Felipe VI intervino ayer ante la Asamblea General con la finalidad de promover la candidatura de nuestro país al Consejo de Seguridad para el bienio 2015-2016. Una elección que, de consumarse, pasará a convertirse en una nueva medalla para el argumentario del PP (“con Aznar, España estuvo en el Consejo de Seguridad, y con Rajoy, también, ¿qué hacen los socialistas por la proyección exterior de nuestro país?”), a pesar de carecer de valor propio como consecuencia del inquebrantable seguidismo por el que apuesta España respecto a la política exterior norteamericana.

Por eso, Felipe VI habló ayer desde Nueva York de una España irreal, la suya, en la que los españoles hemos articulado un Estado social y democrático de Derecho que ampara a todos los ciudadanos”. Seguramente, el monarca desconoce que en España hay más de un millón de hogares en los que no entra ningún salario, pensión ni prestación social; que España prefiere tener casas sin gente y gente sin casas, antes que garantizar el derecho a una vivienda digna desde la perspectiva de la supeditación de toda la riqueza del país al interés general (artículos 47 y 128 de la Constitución Española, respectivamente); que España es el segundo país de la UE -tras Letonia- con mayor nivel de desigualdad social; y que según UNICEF, en España hay 2.306.000 niños viviendo bajo el umbral de la pobreza.

Muy hábilmente, Felipe VI escondió esta bolita al auditorio para trasladarla al cubilete internacional, donde (ahí sí) hay “víctimas del mal” en forma de “niños atrapados en situación de crisis”, “mujeres vejadas y limitadas en sus derechos”, “enfermos que fallecen por falta de medicamentos”, y por supuesto, “familias sin alimento y sin esperanza por una injusta distribución de la riqueza”.

Lo que nadie puede negar es que el discurso que ayer pronunció el rey Felipe VI ante la ONU es perfectamente español, ya que entronca al milímetro con el carácter presuntuoso, hipócrita y postinero de la mayoría de los habitantes de este país, que lleva -por ejemplo- a que todos los Barómetros de Opinión del CIS induzcan a pensar que la pobreza en España la sufren todos menos las personas encuestadas, o que el 90% de la población se siente feliz a pesar de calificar la situación económica del país como “mala” o “muy mala”. “Jodidos, pero contentos”, parece ser el lema nacional en un país que nunca ha tenido demasiado interés por mirarse a sí mismo con sinceridad. A partir de la intervención que ayer realizó el monarca, ya ni siquiera “jodidos”.

 

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