La lucha por la dignidad

31. enero 2014 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Decía Eduardo Chillida que “el ser humano debe tener siempre el nivel de la dignidad por encima del nivel del miedo”. Sin embargo, al ser el miedo una emoción primaria y la dignidad un valor cultural, el nivel de aquél suele situarse por encima del de ésta. A pesar de ello, y conforme avanza el grado de progreso cultural de la Humanidad, poco a poco la dignidad va ganando terreno al miedo.

Ayer pudimos contemplar dos magníficos ejemplos en Zaragoza y en Santander. Por un lado, cinco vecinas de Corrala Utopía se desplazaron a la capital aragonesa para pedir al presidente de Ibercaja que paralice el desahucio de veinte familias, y que negocie un alquiler social para sus respectivas viviendas. Se da la circunstancia de que esta entidad financiera anda predicando últimamente que la paralización de su proyecto de revitalización del Pabellón Puente de Zaragoza (que debería haber estado terminado hace años) se debe a que en este momento las prioridades se deben centrar en la acción social. El señor Amado Franco y su entidad financiera tienen ahora una magnífica oportunidad para demostrar que sus prédicas tienen fundamento.

Por otra parte, los trabajadores de la empresa futbolística Racing de Santander dieron ayer otro precioso ejemplo de dignidad al negarse a jugar el partido de vuelta de los cuartos de final de la Copa del Rey, después de varios meses de impago de salarios. Si buena parte de la economía española ha estado basada en el timo y la especulación durante los últimos siglos, el caso de los antiguos clubes de fútbol, reconvertidos por Felipe González y José María Aznar en empresas futbolísticas, se instala en el terreno de lo tragicómico.

Personajes como Jesús Gil, Dimitri Piterman, Ahsan Ali Syed o Agapito Iglesias son buena muestra de lo que este país permite hacer impunemente a cualquier empresario sin escrúpulos. Frente a esa realidad, unos jugadores y una afición se unieron ayer para decir basta. El plantón de aquellos a los que se pretende obligar a trabajar sin cobrar sus legítimas remuneraciones, es el aviso de una sociedad que empieza a estar harta de injusticias, desigualdades sociales y abusos de poder.

 

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