La nueva diplomacia ucraniana

16. junio 2014 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Cientos de manifestantes violentos rodeaban el sábado la embajada rusa en Kiev, lanzando objetos contra la fachada y volcando coches en las inmediaciones, mientras la policía ucraniana ignoraba su deber de proteger las legaciones extranjeras. De pronto, el ministro de Exteriores ucraniano, Andrei Deshchitsa, se unía a la turba y después de dejar claro su apoyo a los violentos, pronunciaba una frase que a partir de ahora se estudiará en todas las academias de diplomacia del mundo: “¡Sí, Putin es un cabrón, sí!”.

Ante semejante despliegue de argumentos por parte del ministro de Exteriores ucraniano, poco más se puede decir. De hecho, la actitud de Deshchitsa es perfectamente lógica en el seno de un país que ha jaleado un golpe de Estado neonazi contra el presidente Yanukóvich, y que después, en unas elecciones supuestamente libres en las que los ciudadanos del este del país no pudieron votar, resulta elegido como presidente un multimillonario totalmente afín al eje Washington–Bruselas–Berlín.

Mientras tanto, las tropas gubernamentales ucranianas siguen actuando en el este del país, sin distinguir demasiado bien a los combatientes prorrusos de los civiles desarmados.

Mientras tanto, Rusia corta, por impago, el suministro de gas a Ucrania, ya que el país presidido por el multimillonario Piotr Poroshenko le debe a Gazprom 3.290 millones de euros. La incógnita en este momento reside en saber si ante este corte de suministro, Ucrania se quedará con el gas que Rusia vende a la Unión Europea a través de los gasoductos que atraviesan territorio ucraniano (como ya hizo en 2009 ante una crisis similar), o si por el contrario respetará los intereses de sus valedores de Bruselas, aun a costa de dejar a su pueblo sin gas.

La solución puede pasar por enviar al ministro de Exteriores ucraniano a negociar directamente con Putin.

 

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