La versión más infame del “diálogo social”

9. octubre 2013 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Decenas de políticos, empresarios y sindicalistas han sido detenidos o imputados hasta ahora en el caso de los ERE andaluces. La versión más infame del llamado “diálogo social” venía envuelta en un contexto que favorecía la corrupción ¿Qué diferencia hay entre un ERE fraudulento y un curso de formación profesional, perfectamente inútil y altamente lucrativo, como los que durante las últimas décadas han organizado los agentes sociales con cargo al erario público?

Sólo una diferencia: estar a un lado o al otro de la barrera de la legalidad. Sin embargo, ambas realidades se encontraban tan cercanas que algunos políticos, empresarios y sindicalistas se vieron impulsados a saltar la valla.

Lamentablemente, en este país no son extraños los casos de corrupción en los que se ven involucrados políticos y empresarios. La peculiaridad del sumario de los ERE es que también están encausados dirigentes de UGT y de CCOO. Quizá la causa profunda haya que buscarla en la avaricia personal, acompañada por un monumental engaño ideológico que llevó a muchos representantes sindicales a sentirse parte de un mismo todo: las unidades productivas, es decir, las empresas. Los dirigentes de UGT y CCOO ya no eran perseguidos y encarcelados como en épocas anteriores, sino que ahora podían vestir de traje para compartir lunch institucional o mesa de diálogo con empresarios y gobernantes.

Mientras tanto, la ideología y los valores propios del movimiento obrero (justicia social, dignidad en el trabajo, solidaridad, ejemplo, honestidad, etc.) iban quedando en el perchero donde se colgaban las chaquetas de los sindicalistas “dialogantes”.

Todo funcionó mientras duraron el dinero y la necesidad de llenar de él los bolsillos de las cúpulas sindicales, para luego desprestigiarlas ante sus propias bases. Al llegar la crisis, el trampantojo del “diálogo social” se desvaneció a la misma velocidad con la que desaparecen las mesas de los trileros callejeros al grito de “¡agua, agua!”. Los empresarios retiraron sus capitales del circuito productivo, destruyendo varios millones de puestos de trabajo en solo un par de años. La miseria volvía a extenderse entre los trabajadores, mientras las rentas del capital aumentaban.

Dos décadas de confraternización entre clases sociales y miles de millones de euros dedicados a los cursos de formación profesional organizados por los agentes sociales sólo han servido para que los dos principales sindicatos españoles queden desprestigiados ante los trabajadores, con expresiones extremas –por su presunta ilegalidad– como la de los ERE andaluces. Además de la condena penal que en su caso pueda corresponderles, estos “halcones” del sindicalismo merecen, sin duda, el desprecio infinito de todos los trabajadores honestos del país.

 

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