Las andanzas institucionales del pequeño Nicolás

20. octubre 2014 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Quizá alguien recuerde el 28 de mayo de 1987. Aquel día, un ciudadano de Alemania Federal llamado Mathias Rust aterrizaba en la plaza Roja de Moscú a bordo de una avioneta que había burlado todas las defensas antiaéreas de la Unión Soviética. Ríos de tinta corrieron entonces en la prensa occidental acerca de un supuesto fallo de seguridad que, muy probablemente, fue ideado por altas esferas del Estado soviético para alcanzar quién sabe qué metas políticas. Lo cierto es que este episodio sirvió para que el presidente Gorbachov destituyera a varios responsables militares de la vieja guardia para, a continuación, asignar sus puestos a otros jefes y oficiales más comprometidos con la perestroika y la glásnost.

Veintisiete años después, concretamente el 19 de septiembre de 2014, un excombatiente norteamericano llamado Omar González saltaba la valla exterior de la Casa Blanca para colarse en el interior del edificio, provocando la evacuación del mismo y la posterior dimisión de la directora del Servicio Secreto de EEUU, Julia Pierson.

Pues bien, España ya tiene su gran quebrantador de la seguridad del Estado. Se trata de un jovencito llamado Francisco Nicolás Gómez Iglesias (“el pequeño Nicolás”), que a pesar de sus escasos 20 años tuvo el descaro y la palabrería suficientes como para hacerse pasar por asesor gubernamental, agente de inteligencia, intermediario institucional y conseguidor de tan alto nivel, que incluso fue capaz de conseguir que las élites institucionales, financieras y empresariales de este país creyeran su farsa durante años.

La diferencia del Reino de España respecto a otros Estados vuelve a ser la reticencia de los responsables políticos de nuestro país a dimitir, aunque su negligencia alumbre hechos capaces de sacarles los colores. La fotografía de este presunto falsificador, estafador y usurpador junto al rey Felipe VI el día de su proclamación, hubiera sido un escándalo político de primer nivel en cualquier país civilizado. Sin embargo, en el Reino de España la cosa no ha pasado de mera anécdota juvenil, con detención del gamberro.

Así somos y así nos conocen: un país en el que la charlatanería encorbatada es capaz de derribar los filtros de seguridad más estrictos, sin que ningún responsable del Estado pague por ello. Una vez más, “la Marca España”.

 

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