Las inversiones temerarias

28. febrero 2012 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Construir un circuito de carreras de primer nivel tiene tres inconvenientes: es caro, no sirve casi para nada y resulta todavía más caro mantenerlo. No obstante, no cabe reprochar nada a los gobernantes aragoneses que promovieron su construcción, ya que lo hicieron en aquellos lejanos tiempos en los que los perros se ataban con longaniza y los millones caían del cielo. Si acaso, se les podría echar en cara su simpleza mental por haber pensado que las burbujas económicas eran fenómenos inagotables.

Pero la burbuja, lógicamente, explotó, dejándonos como legado un precioso circuito que los aragoneses debemos regar con una media de 7,1 millones de euros para que sea citado en los telediarios durante 3 días al año.

El contrato entre el Gobierno de Aragón y la empresa Dorna Sports, publicado ayer por el Ejecutivo de Rudi, es la prueba fehaciente de que sólo los países ricos (y España nunca lo ha sido) pueden permitirse el lujo de construir circuitos para que unos cuantos pilotos temerarios arriesguen sus vidas en ellos una vez al año.

El resto de los Estados deberían tener otras prioridades en el gasto público, máxime en medio de una situación socioeconómica como la actual.

Siempre cabe el recurso de contar a la población la milonga de que una inversión de estas características genera unos retornos mucho más elevados sobre la economía local.

Sin embargo, si la ciudad de Alcañiz recibiera todos los años una inyección directa extra de 7,1 millones de euros por parte del Gobierno de Aragón, seguramente se convertiría en poco tiempo en la más próspera de la Comunidad Autónoma, ya que no habría que descontar de ellos la parte del león que percibe la multinacional madrileña que organiza el campeonato de MotoGP.

En cualquier caso, si los recortes neoliberales se llevan por delante subvenciones, prestaciones e inversiones públicas esenciales para la buena marcha de nuestra economía y de nuestra sociedad, de justicia es que afecten también a los especuladores motorizados que viven de ofrecer, en régimen de monopolio, los espectáculos que organizan.

 

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