Las lecciones de Fernández Díaz

16. mayo 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

La degeneración democrática está alcanzando unos niveles tan alarmantes, que hasta los más tontos se atreven a arrogarse una cátedra desde la que impartir lecciones de democracia. Es el caso del actual ministro del Interior en funciones, Jorge Fernández Díaz, que ayer quiso dar una bofetada dialéctica a Podemos sobre el rostro del 15M.

Es normal que alguien tan zafio y primario como Fernández Díaz sea incapaz de distinguir entre los movimientos sociales y las adhesiones individuales que confluyeron en el 15M, y las personas que después del 15M decidieron formar un nuevo partido, pero que en el 15M habían trabajado al lado de otras personas vinculadas o no a movimientos políticos y sociales preexistentes.

A pesar de ello, Fernández Díaz instó ayer a esas personas que antes se sentaban en las plazas y que ahora lo hacen en el Congreso a “aprender la lección” y a no rodear el Congreso porque –según el ministro en funciones– “España es una democracia parlamentaria” y “al Congreso se va, con los votos de los ciudadanos, a trabajar por el bien común”.

En este punto convendría recordar a Fernández Díaz una frase del escritor uruguayo Eduardo Galeano, en la que viene a decir que si votar sirviera para algo, ya estaría prohibido. De hecho, cuando la democracia sirve para algo, es inmediatamente prohibida por los grandes poderes económicos: sucedió en la España de 1936, en el Chile de 1973, en la Honduras de 2009, en la Venezuela de 2015 y en el Brasil de 2016.

La razón la explica el propio Galeano en su “Libro de los abrazos” (Editorial Siglo XXI, 1993), cuando dice que “a nadie molesta mucho que la política sea democrática, siempre y cuando la economía no lo sea”. Y de ahí se deduce el inmenso error cometido por Fernández Díaz en su discurso de ayer: al Congreso o a cualquier otra cámara parlamentaria que se encuentre bajo el signo del neoliberalismo, no se va a “trabajar por el bien común” sino a transformar en leyes los deseos más egoístas y menos sostenibles de la clase social dominante.

La única razón por la que estos grandes poderes económicos permiten que se siga votando todavía, es porque están seguros de su capacidad mediática para influir en lo que van a decidir votar las mentes más blandas del país (que, por desgracia, siguen siendo mayoría). Ante ellas, es fácil decir que la culpa de la crisis es de los que rodearon el Congreso; que al aumento de la precariedad laboral hay que denominarla “creación de nuevos puestos de trabajo”; o que una trama perfectamente organizada para que un partido recibiera dinero negro de grandes empresas a cambio de futuras adjudicaciones, se llama “la canallada que hizo Bárcenas al Partido Popular, sin que nos diéramos cuenta porque confiábamos en nuestro compañero”.

 

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