¿Los Ángeles? No. Zaragoza

9. diciembre 2014 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Durante las últimas semanas, el Ayuntamiento de Zaragoza ha puesto en marcha una campaña publicitaria sobre movilidad sostenible, en la que las diferentes modalidades de transporte público quedan fotografiadas bajo rótulos en los que se puede leer “¿Ámsterdam? No. Zaragoza”, ¿Copenhague? No. Zaragoza” y “¿Sídney? No. Zaragoza”. Para ofrecer una visión completa de la movilidad urbana de Zaragoza, quizá ha faltado un cuarto cartel en el que, sobre la foto de los monumentales atascos que se produjeron el pasado sábado en los accesos al parque comercial de Puerto Venecia, se colocase el rótulo “¿Los Ángeles? No. Zaragoza”.

La cara de la movilidad urbana en Zaragoza durante la última década está compuesta, sin duda, por los elementos a los que hace referencia la mencionada campaña institucional: introducción de nuevos medios de transporte ecológicos como el tranvía o la bicicleta, intermodalidad y accesibilidad, aumento de la transitabilidad peatonal, etc. Sin embargo, la cruz habla de la apertura de dos grandes centros comerciales como Plaza Imperial y Puerto Venecia, que no sólo destruyen todos los equilibrios preexistentes en materia de pymes y comercio de proximidad, sino que también obligan al uso del transporte privado a causa de su ubicación geográfica en el extrarradio, de su modelo de negocio, y de la manifiestamente raquítica red de transporte público que llega hasta ellos.

Los atascos de casi dos horas que el pasado sábado sufrieron los automovilistas en los accesos a Puerto Venecia tiene, además, un efecto colateral: la inmovilización de los vecinos del cercano barrio de Parque Venecia, que de repente se vieron imposibilitados para entrar o salir de sus calles, ni en transporte público ni en privado, ya que el colapso era absoluto.

Del mismo modo que la concentración de la producción industrial en China y en otros paraísos orientales de la semiesclavitud ha generado graves desequilibrios socioeconómicos en las regiones del mundo desarrollado que han sufrido el azote de la desindustrialización, la concentración de la oferta comercial en varios macrocentros de Zaragoza supone un atentado letal para miles de negocios familiares que daban luz y vida a las calles de la ciudad.

Del mismo modo que esta concentración industrial mundial trae como consecuencia una contaminación atmosférica casi letal en los Estados dictatoriales de los bajos salarios, los tubos de escape de miles de vehículos atascados durante horas en los accesos a los grandes centros comerciales de Zaragoza tiran por tierra los logros alcanzados en la política de movilidad sostenible.

Zaragoza no necesitaba los macrocentros comerciales de Plaza Imperial y de Puerto Venecia, pero ambos se construyeron en virtud de compromisos económico-financieros tan previos como incomprensibles. Zaragoza, en cambio, necesitaba la conversión de los Pabellones Ebro de la Expo de 2008 en un pequeño centro comercial y de ocio llamado Fluvia, que todavía sigue en proyecto a pesar de contar con la urbanización completa de la zona, de disponer de todos los servicios instalados, y de ser accesible a pie desde buena parte de la ciudad. Una prueba más de la preeminencia del poder económico sobre el poder político.

 

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