Los aspirantes a la violeta

10. diciembre 2015 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

En 1772, José Cadalso, uno de los principales referentes de la literatura española del siglo XVIII, escribió Los eruditos a la violeta, una sátira contra los hábitos verborreicos de quienes aparentan saber de todo sin haber estudiado lo suficiente, y en especial contra los jóvenes españoles pertenecientes a la élite del Antiguo Régimen que, en lugar de cultivarse intelectualmente, preferían el blablablá sobre esto y aquello mientras perfumaban su incultura con fragancia “a la violeta”.

Muchas cosas han cambiado en nuestro país desde entonces, pero sigue intacta la mala costumbre de pontificar por encima de nuestras posibilidades. Un vicio que resulta poco elegante en una charla de taberna, pero que es del todo intolerable entre quienes aspiran a ejercer como representantes públicos de la ciudadanía.

De hecho, la humildad, la sinceridad, la honestidad y la cultura deberían ser cuatro requisitos imprescindibles para cualquier persona que ejerza la actividad política en un marco democrático. Justo la antítesis de quienes aparentan saber algo sin saber muy bien de lo que hablan.

No es preciso alabar en público la obra y la figura de Immanuel Kant, si se es incapaz de citar el título de una sola de sus obras, o incluso de salir al paso de la laguna mental recordando el “imperativo categórico” que proponía este filósofo prusiano, coetáneo –por cierto– de Cadalso.

Del mismo modo, no es necesario rebautizar a la consultora PricewaterhouseCoopers como HouseWaterWatch… Cooper, para denunciar el fichaje por esta entidad de Jordi Sevilla (aquel que le enseñó Economía a Zapatero “en un par de tardes”) como ejemplo de las puertas giratorias establecidas entre el mundo político y el empresarial, con la finalidad de que los responsables gubernamentales dejen de tener miedo a perder las elecciones tras aprobar medidas impopulares.

Tampoco hace falta inventarse, por ejemplo, que Andalucía se planteó en algún momento su independencia respecto a España (algo que, al parecer, sólo ha ocurrido en la imaginación de cierto político “emergente”), para justificar un posicionamiento favorable al derecho de autodeterminación de las comunidades autónomas.

No conviene hablar de lo que no se sabe, básicamente porque no es obligatorio hablar de todo. Aquellos políticos que hablan por hablar, con la única intención de marear al ciudadano como si fuera una simple perdiz a la que marear, no deberían merecer la confianza de sus compatriotas.

 

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