Manipulando el euribor

21. mayo 2014 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

La acusación administrativa de la Comisión Europea contra Crédit Agricole, HSBC y JP Morgan por manipular el euribor para “distorsionar el rumbo normal de los componentes de precios de los derivados de tipos de interés del euro” (según afirma este órgano de la UE) ha resucitado la incertidumbre entre aquellas personas que todavía piensan que el mercado es un elemento neutro capaz por sí mismo de asignar eficientemente los recursos entre la población.

Dos mentiras en poco más de una línea de dogma económico. Ni el “libre mercado” es un elemento neutro, ni mucho menos es capaz de asignar eficientemente los recursos entre los seres humanos. La apropiación del 23% de la riqueza mundial por parte del 1% más rico de la población, y la existencia de 2.500 millones de personas malviviendo bajo el umbral de la pobreza, glosan el monumental fracaso de una ideología inviable.

Fracaso maquillado por quienes ahora anuncian multas multimillonarias contra las entidades financieras que fueron pilladas mientras hacían trampas en el mercado financiero, tras haber sido denunciadas por otros operadores, también tramposos, que optaron por denunciar a sus aliados–competidores a cambio de su propia impunidad.

La ciudadanía europea debe aprender dos lecciones de este sórdido asunto. La primera es que el proceso abierto por la Comisión Europea no se dirige contra un modelo económico esencialmente injusto, inhumano e insostenible, sino contra una sola de sus consecuencias. Por ello, pocas cosas cambiarán tras una hipotética multa que, como máximo, podría llegar al 10% de los ingresos de estas compañías. La legislación ofrece mil y una oportunidades de ingeniería financiera para que los mismos accionistas que participan hoy en Crédit Agricole, HSBC y JP Morgan, puedan seguir especulando mañana desde otras entidades, en el caso de que no pudieran hacerlo desde el envoltorio que hasta ahora venían utilizando.

La segunda lección es que los llamados “precios de mercado” que habitualmente pagamos por los bienes y servicios son sólo un espejismo creado y manipulado por aquellos que disfrutan de una posición de dominio respecto al mercado de que se trate. Ni las viviendas españolas de la época de la época de la burbuja inmobiliario–financiera valían lo que se cobraba por ellas; ni es real el precio de mercado de suministros básicos como la electricidad, el gas o el agua; ni –como ha quedado demostrado– el precio del dinero en el mercado interbancario europeo responde a criterio objetivo alguno.

 

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