Muerta por ser pobre

18. noviembre 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

En este momento, resulta casi imposible determinar el número de personas que han muerto en España como consecuencia de los recortes presupuestarios practicados en el ámbito sanitario. Los retrasos en las pruebas diagnósticas, las sobrecargas de trabajo en urgencias y en atención primaria, la exclusión de los inmigrantes sin papeles del sistema sanitario, o las listas de espera para intervenciones quirúrgicas, han podido matar “por causas naturales” a miles de personas que seguramente hubieran sobrevivido en una economía no contaminada por el neoliberalismo.

Las posibilidades de morir por causa de los recortes sanitarios son menores para quienes disponen de los recursos económicos suficientes para acudir a la sanidad privada. La desigualdad social alcanza en estos casos sus mayores niveles de crueldad.

Como cruel fue la muerte de Rosa durante la madrugada del pasado lunes. A esta anciana de Reus le habían cortado la luz por impago. Por eso se iluminaba con unas velas que acabaron costándole la vida.

Es lo que acaba ocurriendo cuando el suministro de un servicio público esencial se pone en manos privadas. Los intereses de los inversores se sitúan por encima de las necesidades de los usuarios más vulnerables. Una típica historia de ricos y pobres, en una España que cada vez se parece más a los cuentos de Charles Dickens, y menos al país que debería haberse construido según los planos de la Constitución de 1978.

Rosa murió por ser pobre. Es una realidad desnuda, inmensa e implacable que ni siquiera puede ser disfrazada con las acusaciones mutuas que se están dirigiendo el Ayuntamiento de Reus, la empresa Gas Natural y la Generalitat de Cataluña.

Mientras tanto, según el último informe de la consultora Capgemini, España es el país europeo donde más ha aumentado el número de ricos, con un incremento anual del 8,4% en 2015, y del 50% desde el inicio de la crisis. Ricos que se consideran ajenos a las muertes de Rosa, o de las miles de personas prematuramente fallecidas por culpa de los recortes sanitarios, o de quienes han decidido suicidarse antes de ser expulsados de sus casas.

Según su versión, “para las cosas sociales, está el Estado”. Sin embargo, lo que no pueden esconder sus manos manchadas de sangre es que son ellos los que ordenan a los gobiernos precarizar el mercado laboral, bajar los impuestos directos, recortar los presupuestos del Estado, y culpabilizar de todo ello a los inmigrantes, por si algún imbécil se traga el engaño.

 

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