Multipartidismo

26. mayo 2014 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Nada más conocerse los resultados de las Elecciones Europeas, numerosos políticos y analistas del campo de la derecha, se han apresurado a concluir que el bipartidismo no ha muerto, a pesar del varapalo recibido por socialistas y populares. Suelen argumentar que el bipartidismo es fuente de estabilidad para el buen gobierno del Estado, sin tener en cuenta que la estabilidad no mana del secuestro de la voluntad de los gobernantes, sino del bienestar generalizado de los gobernados, y por supuesto, sin desvelar que el bipartidismo no es más que una estratagema política para garantizar a los poderes económicos que nada cambiará, gane quien gane los procesos electorales.

Cuando falla el mecanismo de redistribución de rentas ideado por el Estado del Bienestar; cuando el gobierno desregula, privatiza y recorta; cuando la miseria económica comienza a aparecer por los hogares; cuando las extravagancias financieras de los ricos se convierten en los desahucios de los pobres; cuando millones de buenos trabajadores son expulsados del mercado laboral para optimizar los beneficios de los empresarios; crecen las desigualdades sociales, surge el desapego ciudadano hacia la política, caen los dos grandes partidos, las calles se llenan de banderas rojas, blancas, verdes, rojinegras y naranjas, y el pueblo vuelve a ponerse en marcha para alcanzar la justicia social.

Lo que dijo ayer la ciudadanía europea es que está harta de que los socialistas y los populares se intercambien cada cierto tiempo los cromos del poder, mientras los banqueros siguen gobernando nuestras vidas, los grandes empresarios continúan imponiendo condiciones laborales cada vez más leoninas, y los trabajadores europeos van cayendo en la pobreza tras constatar que el sistema es incapaz de ofrecerles una manera digna de ganarse la vida.

Un efecto colateral no deseado del vuelco electoral que ayer se produjo en la UE es la proliferación de partidos neonazis y ultraderechistas en la Eurocámara. En época de crisis, es difícil evitar que los individuos más ignorantes de nuestra gran tribu europea culpen a los inmigrantes, a los negros, a los moros, a los homosexuales, a los judíos, a los rojos o a los demócratas, de una situación cuya autoría corresponde en exclusiva a los grandes poderes económicos y a quienes les permiten campar a sus anchas.

Afortunadamente, este no es el caso de España, donde la indignación social se ha aglutinado entorno a la izquierda alternativa encarnada por Izquierda Unida (que se consolida en el estrato electoral del 10%), y en la novedosa formación Podemos, que ha conseguido recuperar para la política activa a más de un millón de personas que, de otro modo, posiblemente hubieran permanecido en la abstención. Los avances de UPyD y de Ciudadanos constituyen también una esperanza para la regeneración de la vida política desde el campo ideológico del liberalismo.

Del entendimiento futuro de todas estas fuerzas ajenas al vetusto sistema del turno, depende que nuestro país esté en condiciones de implantar un nuevo modelo económico, social e institucional que anteponga las necesidades de la población a los caprichos de los especuladores.

En ese momento, los dos grandes partidos europeos (que no están muertos, sino sentenciados a una muerte política más que segura) deberán optar entre sumarse al nuevo impulso ciudadano a favor del bienestar, la ética institucional y la justicia social, o seguir aplicando las recetas prescritas por los grandes poderes económicos internacionales para preservar los beneficios de unos pocos. En el primero de los casos, la UE volverá a convertirse en un espacio colectivo de paz, prosperidad y sostenibilidad; pero si se opta por lo segundo, no tardarán en llegar la conflictividad social, el autoritarismo, la violencia callejera, el odio, las antorchas, los campos de concentración, y todos aquellos elementos que sembraron Europa hace 75 años.

 

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