Muros, verjas y cuchillas

7. noviembre 2013 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Hasta el momento, no se han publicado datos concluyentes sobre el número de personas que murieron cuando intentaban saltar el Muro de Berlín durante los 28 años en los que aquel esperpento se mantuvo en pie. Las estimaciones van desde las 79 víctimas documentadas por algunos historiadores, hasta las 270 que calcula la Fiscalía de Berlín.

Tampoco hay datos concluyentes sobre el número de inmigrantes muertos en el muro acuático–terrestre del Mediterráneo cuando intentaban alcanzar las costas europeas. Sin embargo, la Organización Internacional para las Migraciones (entidad dependiente de Naciones Unidas) estima que unas 20.000 personas han muerto en el muro del Mediterráneo durante los últimos veinte años.

Son muertos sin rostro, sin nombre ni apellidos. Son muertos ignorados que no disfrutan de la misma repercusión propagandística que los de Berlín, y que sin embargo, se convierten en el más puro testimonio de un sistema económico fracasado, que condena a la exclusión y a la muerte a un porcentaje cada vez mayor de seres humanos.

Quizá por eso, y ante la falta de interés por desarrollar modelos socioeconómicos que distribuyan la riqueza entre las personas y los territorios, algunos de los defensores de ese sistema fracasado deciden atajar el problema con verjas y alambradas de cuchillas en la parte terrestre del muro mediterráneo.

Sin embargo, estos gestores de espejismos olvidan que todos aquellos que no tienen nada que perder salvo sus vidas, seguirán llegando, llegando y muriendo, al menos, hasta que el ser humano tome verdadera conciencia de los ideales de igualdad, fraternidad y justicia social que en otro tiempo inspiraron revoluciones como la norteamericana, la francesa, o la soviética (de la cual, por cierto, hoy se cumple el 96º aniversario).

La sangre de los muertos en la verja de Melilla, en las costas de Malta y Lampedusa, en las aguas del Estrecho, o en imposibles odiseas a través del desierto del Sahara, mancha las manos de todos aquellos que siguen dispuestos a sacrificar seres humanos en el ara del dios Mercado. Malditos sean todos ellos, y maldita sea también su economía salvaje.

 

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