No jueguen con la democracia

26. julio 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Hoy comienza la enésima ronda de contactos del Jefe del Estado con los representantes políticos para la presentación de un candidato a la investidura como Presidente del Gobierno. Una ocasión que nadie debería dejar de aprovechar para realizar el ejercicio de flexibilidad que exigen los resultados electorales del 26-J.

Tras unas primeras elecciones generales fallidas, y después de la celebración de unas segundas, los líderes del Partido Popular, Partido Socialista, Unidos Podemos y Ciudadanos deberían haberse concitado alrededor de una misma mesa para trasladar a la vida institucional la pluralidad política que el pueblo soberano plasmó en las urnas. Pero no han sido capaces de hacerlo.

La ciudadanía de a pie está empezando a convencerse de que los intereses partidistas priman sobre el interés general del país. Ese puede ser el último clavo en el ataúd de una clase política egoísta y arrogante, que ya venía desprestigiada por los innumerables casos de corrupción destapados durante los últimos tiempos.

El problema es que el desprestigio de la clase política conduce irremisiblemente al de la propia democracia, máxime cuando el populismo ultraderechista, ese que las grandes cadenas mediáticas apenas mencionan, está arraigando en buena parte de la Europa socialmente avanzada.

PSOE y PP juegan con fuego al pretender resucitar el bipartidismo sobre las cenizas de un cuatripartidismo que, hasta ahora, ha sido sinónimo de bloqueo institucional. Una actitud pirómana tan grave como la que mantienen Podemos y Ciudadanos, dos fuerzas políticas que todavía no han digerido su fracaso numérico en un país que se suponía harto del bipartidismo, pero que en realidad no lo estaba tanto. Los dos llamados “partidos emergentes” parecen actuar como si todavía no se hubiesen celebrado las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015, algo que dice muy poco a favor de su madurez política.

En cualquier caso, la democracia es diálogo, negociación, consenso y compromiso con el interés general por parte de todas las fuerzas políticas que concurren a unas elecciones. Si los actuales partidos españoles no son capaces de comprender eso, corremos el riesgo de que vayan arraigando en las mentes de los ciudadanos las propuestas instintivas y primarias de otros colectivos políticos partidarios del autoritarismo. Lo que viene después, tuvimos la ocasión de sufrirlo durante cuarenta años en España.

 

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