Norteamericanizados en derechos

19. noviembre 2014 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

La industria cinematográfica norteamericana tiene la capacidad para trasladar a los espectadores hacia recreaciones más o menos manipuladas del pasado, del presente o del futuro. Incluso es capaz de anticiparnos hacia dónde caminan las relaciones socioeconómicas de una determinada población. Hace apenas dos décadas, por ejemplo, los espectadores europeos contemplaban atónitos cómo algunos de los protagonistas de series y películas norteamericanas sufrían el despido libre y gratuito después de que su jefe les espetara un escueto e inapelable “recoge tus cosas y vete”.

También era posible ver escenas en las que un determinado trabajador suplicaba de forma individual un aumento de sueldo al jefe.

Escenas imposibles entonces en el marco de una Europa en la que las contrataciones y los despidos disfrutaban de unas garantías legales, y en la que las condiciones laborales y salariales eran pactadas en los convenios colectivos entre los empresarios y el conjunto de los trabajadores.

Pues bien, la decadente y degenerada tradición laboral norteamericana se va instalando poco a poco en las vidas de la clase trabajadora europea, del mismo modo que la celebración de Halloween ha tomado las calles del viejo continente en la víspera de la festividad de Todos los Santos.

Una de las situaciones que no habíamos visto hasta ahora en España es la protagonizada por un familiar de un enfermo hospitalizado, debiendo tomar medidas de presión para que a este paciente se le suministre el tratamiento adecuado, independientemente de su precio de mercado. Pero las medidas de recorte impuestas por el régimen de Rajoy ya han cubierto este trámite. Belén Martín, la esposa del paciente de hepatitis C, Saturnino Cobo, ha debido permanecer cuatro días en huelga de hambre para que a su marido le suministrasen los fármacos que necesitaba, valorados en unos 60.000 euros.

Una historia que recuerda a otra de la gran pantalla en la que el personaje interpretado por Denzel Washington debe secuestrar una sala del hospital norteamericano en el que está ingresado su hijo de nueve años, para que al pequeño le practiquen la intervención quirúrgica de la que depende su vida, no estando ésta cubierta por el seguro médico privado de sus progenitores. En este caso real, llevado al cine por Nick Cassavettes en 2002, la vida de un niño tenía un precio de mercado de 250.000 dólares.

Parece que, en consonancia con lo que denunciábamos hace más de cuatro años en este mismo espacio, los ciudadanos europeos del exEstado del Bienestar vamos a tener que comenzar a poner precios de mercado a nuestras vidas; al menos, siempre que los partidarios del neoliberalismo, de los recortes, de las desregulaciones y de las privatizaciones, sigan ganando las elecciones.

 

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