Pablo Iglesias contra Podemos

17. marzo 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Podemos llegó a la política española para encarnar un nuevo modelo de participación, horizontal y democrático, que sustituyera a los vicios cupulares del bipartidismo. Sin embargo, dos años después del nacimiento de este nuevo partido, el estilo de la vieja política se ha hecho con el control de su funcionamiento interno.

Más allá de las discrepancias entre radicales y posibilistas (presentes en todas las organizaciones de izquierdas), lo que demuestra el cese fulminante de Sergio Pascual como secretario de Organización del partido es que la dirección de Podemos premia a los afines, ignora a los indiferentes y elimina a los críticos, una pauta compartida con el resto de formaciones políticas.

La autoexclusión de un Juan Carlos Monedero “decepcionado” con Podemos; las dimisiones masivas en Huesca, Madrid, Cataluña, País Vasco, Galicia, Cantabria o La Rioja; la negativa de Pablo Iglesias a someter a consulta interna la política de alianzas electorales previa a las Generales del 20D; o la orden ejecutiva de Pablo Iglesias para que un exgeneral de la OTAN ocupase el segundo puesto de la lista al Congreso por Zaragoza, pisoteando las primarias y rompiendo el criterio cremallera por la igualdad de género, son síntomas propios de una organización que se degrada mucho más rápido que otras mucho más antiguas.

Teniendo en cuenta que en el interior de Podemos hay millones de militantes y simpatizantes honestos, cuya única aspiración es trasladar a las instituciones el impulso democrático de los movimientos sociales, sólo es posible concluir que la responsabilidad de los cien males que acucian a Podemos corresponde a su secretario general y a la corte de palmeros que le acompañan.

El tacticismo, la egolatría y el autoritarismo exhibidos hasta ahora por el líder de Podemos, son en estos momentos el peor enemigo de la formación morada. Sin ellos, la coalición Podemos-IU-Confluencias hubiera superado al PSOE como primera fuerza de la izquierda en unas elecciones clave para la evolución de España a largo plazo; sin ellos, las y los militantes más idealistas no temerían ser orillados por exigir la vigencia de los propósitos fundacionales de la organización; sin ellos, se habría podido hacer realidad aquel viejo lema de “otra política es posible”.

 

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