Paz para Oriente Medio

16. noviembre 2012 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

La escalada de violencia que durante los últimos días se está viviendo en la Franja de Gaza puede acabar desatando un conflicto regional de incalculables consecuencias. La visita a Gaza del primer ministro egipcio Hisham Kandil puede servir como elemento de distensión, aunque también puede incrementar las hostilidades en el caso de que se visualice un apoyo incondicional del nuevo Egipto islamista hacia los fundamentalistas palestinos de Hamas.

En este último caso, se estaría materializando el panorama que preveíamos hace casi dos años, cuando afirmábamos en nuestro editorial “Una democratización envenenada” que “un hipotético auge del fundamentalismo musulmán en Egipto conduciría, de forma inexorable, a un incremento de la tensión entre este país e Israel, con consecuencias globales imprevisibles”.

Hisham Kandil debe aprovechar su visita de hoy a Gaza para condenar los asesinatos supuestamente selectivos (aunque en gran medida indiscriminados) que está perpetrando el Estado de Israel en la Franja de Gaza. Pero con la misma vehemencia debe condenar el lanzamiento de cohetes desde este territorio palestino hacia Israel, que ya han provocado la muerte de tres ciudadanos de este país.

En este punto, tanto Hamas como Al–Fatah deben tener en cuenta que es casi imposible que Palestina pueda ser reconocida como Estado a nivel internacional si su Autoridad Nacional se muestra incapaz de detener, juzgar y condenar a los terroristas que atacan desde su territorio a los países vecinos.

Del mismo modo, el Estado de Israel debe ser consciente de que quien fustiga, consterna, y de que esa consternación es semilla de nuevo odio para generaciones presentes y futuras. Deben cesar de inmediato acciones ilegales como el bloqueo sobre Gaza o la proliferación de asentamientos israelíes en los territorios ocupados.

Después de más de 65 años de conflicto armado, la población israelí y la población palestina merecen una paz duradera basada en dos Estados soberanos que se reconozcan, que se respeten y que comiencen a sustituir el rencor por la cooperación. Cualquier otra vía sólo beneficiará a los señores de la guerra que suministran armamento a ambos bandos.

 

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