Pedro II, el Breve

11. noviembre 2015 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

La moción de censura que ayer descabalgó al recién nombrado gobierno portugués de Pedro Passos Coelho, es un triunfo del parlamentarismo sobre el presidencialismo. Tras su nefasto recorrido por Europa del Este, el culto al líder parece estar siendo abrazado ahora por la derecha de Europa occidental para alimentar uno de sus dogmas: “Que gobierne la lista más votada”.

La derecha sólo busca líderes, caudillos, próceres carismáticos que conduzcan a sus pueblos a una realidad sublime, normalmente vinculada a los intereses económicos de la clase dominante. La izquierda, como acaba de demostrarse en Portugal, es más proclive al diálogo, al acuerdo desde la diversidad y a la búsqueda de alianzas para el desarrollo de un programa común, en beneficio del conjunto.

No hace falta ser un genio para darse cuenta de que el modelo presidencialista aparta de la esfera pública a todos aquellos representantes públicos que no han obtenido el primer puesto en las elecciones, mientras que el modelo parlamentario representa con mayor exactitud la realidad de una sociedad que, en un marco democrático, siempre es diversa y plural.

Esto no fue entendido así el mes pasado por el presidente de Portugal, el conservador Aníbal Cavaco Silva, ya que pese al resultado de las elecciones legislativas del 4 de octubre (en las que la coalición de centro-derecha Portugal al Frente sólo consiguió 102 de los 230 escaños del Parlamento) decidió nombrar primer ministro a su correligionario Pedro Passos Coelho.

No importó que durante ese proceso, las fuerzas de la izquierda (Partido Socialista, Bloque de Izquierdas y Partido Comunista-Verdes) anunciaran que existía un acuerdo parlamentario para formar gobierno. Según el dogma presidencialista de la derecha, “debía gobernar el más votado”.

Pues bien, la frivolité de Cavaco Silva concluyó ayer con una moción de censura que ponía el punto final al gobierno de Pedro II, el Breve, tras sólo once días después de su nombramiento.

Quizá esta lección sirva para que algunos comiencen a comprender que la Política en democracia no es una competición para elegir a un campeón, sino un diálogo constructivo entre un conjunto de representantes públicos permanentemente conectados con sus bases electorales, para alumbrar las mejores soluciones de convivencia entre las personas, y entre éstas y el medio ambiente que las rodea.

El lema de la democracia, por lo tanto, no debería ser “que gobierne el más votado”, sino “a mayor discrepancia, mayor esfuerzo de entendimiento”. Al fin y al cabo, la capacidad para gobernar no la da el primer puesto en unas elecciones, sino la facultad para generar proyectos comunes entre elementos diferentes.

 

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